fidel es mi familia

Recuerdo la primera vez que me contaron la historia. No podía creerlo, no paré de reír en dos minutos. La reacción de una niña era el reflejo de una familia, un hogar, un país. Entonces me pareció gracioso, hoy entiendo, creo, pienso.

Mi hermana dijo Fidel entre sus tres primeras palabras. Comida, agua y Fidel, como si el Comandante fuera una de sus necesidades básicas.

Ahora creo que sí, que lo era, como cualquier cubano que mucho debe al proceso revolucionario. Dayana no cumplía un año todavía, apenas andaba, pero ya decía Fidel.

Reconocía en la televisión al guerrillero, al diplomático, al deportista, al orador sin tiempos ni pretextos. Lo veía y lo llamaba, como si pudiese salir de la pantalla. Se alegraba al verlo, como si entendiese sus discursos siendo apenas una niña.

Creció y estudió periodismo. No sé si puedo llamarla fidelista, pero en sus convicciones resume al líder, y al amigo.

Mi hermana me enseñó a caminar, a leer y escribir. Y con sus clases de tarde en el corredor aprendí el concepto de Revolución, recité el poema Canto a Fidel y firmé dentro de mí un pacto de amor por Cuba.

Aprendimos a decirle abuelo, por ser el papá de mi papá, internacionalista revolucionario confeso y convicto.

Muchos años después entiendo el significado de lo que entonces eran apenas juego, y es hoy la verdad más pura. Fidel Castro nos habló de amor y eso es el más importante. A pesar de los errores –porque fue humano y no estuvo libre de ellos- y la diferencia en varios criterios, terminé por amarlo.

Fidel también es mi familia.