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De aquí a los años, creo que solo recordaré el silencio. Las horas tras la noticia de la muerte de Fidel Castro, los días…, transcurren en un silencio irreal, casi completo. Solo los autos, algunos perros, solo los sonidos metálicos que llegan cada tanto.

 

En la Plaza de la Revolución Mariana Grajales, se multiplica. Parece como si no hubiera nadie, aunque hay cientos afuera, encima, en la base del monumento, y en los salones, donde una larga fila pasa por delante de la imagen del Fidel Castro que mira a la sierra con mochila, gorra y fusil.

 

Unos pasan tranquilos, otros absortos en guardar todo en las memorias de su celular…, otros detienen la fila por un rato, se paran frente a la imagen en blanco y negro, quizás una de las más icónicas del líder, dicen algo, ensayan un saludo militar o dejan, sobre los arreglos florales que ya están, ramos, pequeñas flores nuevas.

 

Alexey es uno de los últimos. Lo vi adelantarse por delante de la fila, de la mano de su madre, y conducido por una joven organizadora. Se inclinó hasta la imagen, le hizo un saludo militar con su mejor mano, y se echó a llorar.

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Alexey tiene 34 años y padece una parálisis cerebral infantil de la que se ha recuperado en cierta medida. Camina, aunque con alguna dificultad, se hace entender cuando habla y, dice, trabajó hasta que las manos lo dejaron en un taller para discapacitados. Le gusta trabajar.

 

“No creo que está muerto, él está vivo, solo que en otro sitio, está en el cielo”, y las lágrimas pujan de nuevo por salir mientras sostiene, como si en ello le fuera la vida, un diploma de Cederista Destacado sobre una foto de Fidel.

 

“Le tengo que agradecer todo, que me sacó del campo y pude estudiar en la escuela Ana Betancourt, que luego cuando mi hijo tuvo este problema, tuve la posibilidad de cuidarlo en la casa, de que fuera a una escuela, de que trabajara. Y digo como Alexey, él no está muerto. Somos cristianos, así que creemos que el cuerpo va a la tumba y el alma queda, entre nosotros,  en el cielo, y que desde donde esté siempre nos ayudará”, explica su madre, Marlenis López, profesora jubilada, coordinadora de base de la Asociación de Limitados Físico-Motores.

 

“Lo tengo escrito aquí, todo mi agradecimiento”, me dice finalmente y me muestra una carta larga, a todo el ancho y alto de un periódico, que pegó al dorso de la portada de un boletín en papel gaceta con la foto de Fidel. Gracias, logro distinguir, muchos gracias.

 

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Juan Carlos González es subdelegado de Recursos Hidráulicos en Guantánamo, delegado de circunscripción y fidelista. Unos días antes, hablando de la voluntad hidráulica que el líder impulsó en los sesenta, le destacaba su visión larga, de vanguardia, su previsión de guardar agua, construir presas, canales, derivadoras…, y planificarla.

 

Por eso lo veo saliendo de la Plaza y lo abordo. Dice que lo supo en la misma madrugada del sábado, y que como casi todos los cubanos de su generación creció con la figura de Fidel y alguna vez se preguntó qué pasaría cuando faltara. “Hoy tengo 45 años, pasó y es muy difícil.

 

“Ahora nos toca hablar de un Fidel en presente. Está vivo, sigue con nosotros y lo más importante, en el futuro de Cuba. Es infinito, en primer lugar nos fue preparando para esto, y ello es parte de su grandeza, por eso el ciudadano normal lo asume con resignación, pero también con la tranquilidad de que el país está seguro. La gente sabe que no está, y se pregunta cosas, pero nadie ha mirado al Norte, como se hacía antes de 1959”.

 

Él, que lo conoció en reuniones, tiene sus propios recuerdos. “Era un hombre impresionante, se movía como lo que dicen que era, un caballo, con unos gestos tremendos que no he visto en nadie más, de fortaleza, de vigor, a sus 60 años, cuando lo conocí, parecía un atleta”.

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Adentro, guardando la imagen de la Sierra Maestra, entre las flores dedicadas por el pueblo de Guantánamo, la guardia de honor se cambia cada cinco minutos. Han pasado jóvenes y mayores. Campeones, profesores, médicos, obreros, personas de todos los colores, invidentes.

 

Manuel Bueno Noblet, trabajador de la dirección de Educación, es uno de ellos. “Es un honor, y un sentimiento profundo porque me unen muchas cosas con Fidel. Nací el 31 de diciembre de 1958, así que crecí con el proceso revolucionario…, luego fui parte del tercer contingente del Destacamento Pedagógico creado por él, y director de la Escuela de Instructores de Arte de Guantánamo, otra de sus ideas, y en cuyas dos primeras graduaciones estuve junto a él, en La Habana y Villa Clara”.

 

Se enteró del deceso del líder unos minutos después de la alocución del presidente Raúl Castro. “Lloré y llamé a mi madre. Ella, que cuando me parió era analfabeta y en menos de dos años, gracias a la Campaña de Alfabetización que él impulsó, aprendió a leer y escribir, luego se hizo Licenciada en Educación Preescolar y trabajó en círculos infantiles toda su vida…, se puso la mano en la cabeza y me dijo, Ay, mijo, lo que nos ha pasado, pero tenemos que seguir”.

 

Lo visto en su madre, se multiplicó ante sus ojos en la Plaza. “En 26 años frente a un aula, se aprende a leer el rostro de las personas, y hoy vi mucho dolor, mucha tristeza, pero también dignidad, coraje… Vi a un grupo de jóvenes con banderas, con fotos de Fidel que las cargaban con emoción, con sentimiento…, todo en cinco minutos”.