laborde artista y maestro 1Ángel Laborde Wilson guarda con esmero su carné de alfabetizador. Fotos de la autoraFaltaba un mes para que finalizara la campaña de alfabetización cuando el viejo Antonio le pidió a Ángel Laborde que se fuera. “Aquí quien no trabaja no come”, le había dicho el guajiro cuando el brigadista se negó a ir casi al otro lado del mundo y pasarse todo el día recogiendo café, que luego tendría que cargar sobre el hombro.

 

Así que el muchacho que entonces tenía 19 años ordenó el jolongo, dijo adiós a la familia y dejó el bohío para siempre, dispuesto a regresar por donde mismo había llegado casi un año antes, como parte de la brigada Conrado Benítez, nombre de maestro y de mártir.

Se iba sin remordimientos ni rencores. En el tiempo que pasó en Bejuco de Salsa, en la Güirita de Yateras, había alfabetizado a siete miembros de la familia; y al viejo, con ochenta años y negado rotundamente a sumarse a las clases, le había conseguido espejuelos para la ceguera y enseñado a escribir su nombre.

“Era un hombre bueno, aunque terco por la edad y el trabajo en el café. Le dolió que le dijera no, pero nosotros estábamos para enseñar, aunque nos orientaron ayudar a los campesinos, pero sin suplantar el trabajo fundamental”, explica cincuenta y cinco años después Laborde, hoy un reconocido artista plástico de Guantánamo.

Las condiciones de vida y enseñanza eran difíciles. Los recuerda muy pobres. La casa, un bohío tradicional que este plasmó con grafito en un papel, y la comida escasa. “A veces solo había frijoles y boniato. Yo buscaba frutas y algún aguacate en una finca vecina, y así reforzaba un poco. Mi único lujo era un vaso de leche fresca cada mañana, acabada de ordeñar”.

Por suerte, un vecino que lo vio coger el trillo lo convenció de quedarse en su casa. “Me había ganado el respeto de la gente, y todo el mundo sabía que en las lomas todavía había alzados, así que acepté y me quedé el mes que faltaba. Bajé junto al resto de los brigadistas, a pie, y con mi misión cumplida”.

Una misión que, para él, fue el comienzo de una nueva vida. “Nos dieron la oportunidad de estudiar, es más, Fidel nos pidió formarnos y yo lo seguí al pie de la letra. Siempre me incliné por las artes e inicialmente querían mandarme a estudiar en la escuela de instructores de plástica, pero yo quería ir a la Escuela Nacional de Arte.

laborde artista y maestro 2: Parte delantera del carné de integrante de la Brigada Conrado Benítez. Fotos de la autora

“Así que le escribí una carta al Comandante en Jefe que todavía hoy se guarda en el Museo de la Alfabetización, y para allá me mandaron. Gracias a eso fui alumno de los grandes, de la generación de Fayad Jamís, Servando Cabrera, Antonia Eiriz y Virgilio Diago”.

Se siente un privilegiado. “Soy negro y de familia pobre. A pesar de que llegué al octavo grado en las escuelas de la ciudad de Guantánamo y casi al noveno, si no me hubiera ido a alfabetizar… Puedo decir con orgullo que me gradué en la Escuela Nacional de Arte, y soy un artista”.

Por eso, todo lo atesora. El recuerdo, el sabor de la leche caliente que nunca se enteró de Pasteur, el verde del campo, el placer de enseñar, las caras de los primeros alumnos que tuvo en su vida, todos mayores que él, y a los cuales nunca volvió a ver, y el carné de alfabetizador que guarda con celo contra la humedad y el olvido.

laborde artista y maestro 3Parte trasera del carné de integrante de la Brigada Conrado Benítez. Fotos de la autora

Lo que vino después es historia conocida de allegados y admiradores:

Ángel Laborde Wilson se graduó en la Escuela Nacional de Artes de La Habana en 1967. Fue profesor de artes plásticas. Entre 1975 y 1985, integró el Grupo Antillano junto a artistas como Manuel Mendive, Ever Fonseca y Arnaldo Larrinaga. Actualmente, con 73 años, es un reconocido pintor, caricaturista, escultor y ceramista, autor de decenas de exposiciones personas y colectivas.

laborde artista y amestro 4Laborde dando muestra de dos de sus tendencias artísticas: la caricatura y el dibujo. Fotos de la autora

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