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Bien lo dijo Fernando Ortiz, nuestra Cuba es un gran ajiaco, porque en ella confluyen todo tipo de razas. Negros, blancos y hasta amarillos…que se entrecruzan dentro de nuestro material genético dando vida al cubano de hoy, con sus miles de tradiciones, prácticas y creencias…desde Pinar del Río hasta Guantánamo.

De esos grupos cuya cultura casi se desvanece entre las líneas de la historia, pese a su gran influencia en la identidad nacional, siempre llamarán la atención los chinos.

Llegados a Cuba en el siglo XIX, los primeros inmigrantes chinos o coolíes, fueron unos 300 campesinos casi todos hombres, que embarcaron con la duodécima luna, en la fragata Oquendo del puerto de Amoy, provincia Cantón, en busca de fortuna. Engañados por los españoles ellos tuvieron que trabajar por 4 pesos en plantaciones de azúcar y tabaco bajo infrahumanas condiciones.

La contratación de chinos ante la crisis del sistema de plantación convirtió a la Isla en el principal receptor de esta población en el continente latinoamericano del siglo XIX, alcanzando más del 10 por ciento del total poblacional.

De ahí su alta integración a las luchas independentistas y su presencia en varios momentos importantes de nuestra historia, que señalan un legado presente hoy más allá del Barrio Chino de La Habana, como algunos creen.

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Culíes en Guantánamo

Según la investigadora Ana Valdés Millán, Master en Estudios Cubanos y del Caribe, el referente más antiguo de inmigrantes chinos en Guantánamo es de la década del 60 del siglo XIX, durante la construcción del ferrocarril, segundo de su tipo en la isla, pues sirvieron de mano de obra barata a los burgueses españoles.

En extremo difícil fue la vida del chino en Cuba, pues al ser un trabajador contratado, nadie se molestaba por velar por su bienestar, eran seres rechazados, sometidos a trabajos que simplemente los sobrepasaban, resignados a vivir en una sociedad que no entendían y obligados a construirse a sangre y sudor su propio camino.

Sin posibilidades de retorno a China y en muchas ocasiones lejos de sus familias, muchos practicaron hasta su muerte la soltería y otros tuvieron que conformarse con desposar a sus hijas, muchas veces menores de edad que se comprometían para ayudar a sus necesitados parientes, con hombres de los sectores más pobres de la sociedad guantanamera.

En el último tercio del siglo XIX, ya comienzan los periódicos locales a aludir a un Casino Asiático, que se supone fuera de chinos, sobre todo porque no se tienen registros de otras etnias. Allí se reunían, compartían y mantenían su cultura, que comienza a dar referencias de prosperidad dentro de la ciudad de Guantánamo en establecimientos comerciales creados alrededor del ferrocarril.

Durante el siglo XX esta migración pasó por periodos de altas y bajas, dados por la apertura realizada por el gobierno de Cuba para aumentar el índice demográfico de esta zona afectada por la guerra. Los éxitos logrados como comerciantes y la atractiva fuente de trabajo que constituyó la base naval yanqui motivaron una mayor afluencia, incluso de manera ilegal de estos migrantes.

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En este periodo y dado por el aumento de estos, según fuentes documentales, aparecieron más de una decena de asociaciones en el panorama local, algunas que se remontan a la colonia, las cuales se crean por orden patrilineal (parentesco), descendencia, procedencia social, corporativas o gremiales (profesión), secretas, artísticas, políticas, deportivas, etc.

Integrados a la vida social de la urbe, los chinos interpretaron inclusive sus Operas en el Teatro Martí, actual Guiñol, y en el Oriente, ya desparecido. Contribuyeron con fondos y recursos a paliar epidemias y en la recuperación de las zonas afectadas por el paso de los ciclones, y en más de una ocasión apoyaron a líderes políticos interesados en beneficiar su colonia.

La preocupación por la educación y el futuro decoroso de sus hijos, los llevó a matricularles en colegios de renombre como el Teresiano (hoy Conrado Benítez), La Salle (Pedro A. Pérez), y en el Americano Sorah Archurt (Rafael Orejón). Se caracterizaron por su honradez, laboriosidad, responsabilidad y sentido de respeto a la familia.

Entre la integración y disgregación…

Durante la década del 50 se da la última oleada migratoria a la Mayor de las Antillas de este grupo, según se registra. Con ella se multiplican los negocios asiáticos por toda la ciudad, aunque según la investigadora Valdés Millán:

“Si tuviesen que escogerse una zona para localizar a los chinos sería la calle Moncada donde se asentaron la mayoría de las fondas y puestos de venta de estos pobladores para aprovechar el tráfico que generaba el ferrocarril y su cercanía con las dependencias de las principales compañías del territorio”.

El afán por mantener un vínculo con la tierra natal los llevó siempre a estar al tanto del acontecer en China, hacia donde mandan suministros durante la invasión japonesa en la Segunda Guerra Mundial. También celebran momentos como el Año Lunar y los aniversarios de la República Popular, y decoran los salones con elementos alegóricos a su historia: personalidades, símbolos, etc.

Aunque a finales de los 50 y comienzos de los 60 muchos emigraron a Estados Unidos, y por un tiempo, como resultado de ciertas fluctuaciones en las relaciones entre Cuba y China, el activismo local de estos segmentos quedó casi olvidado, nunca desaparecieron totalmente del escenario guantanamero.

El deterioro de gran parte de la cultura milenaria traída por estos hombres se debió sobre todo a las largas jornadas de trabajo desarrolladas por el hombre emigrante, que no permitían la transmisión de esas tradiciones o la enseñanza del lenguaje a descendientes. Además muchas veces la madre, que quedaba al encargo de educar a los hijos, poco o nada conocía de aquel lejano mundo.

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Actualmente en Guantánamo solo quedan unos pocos sucesores asiáticos, algunos agrupados en la única asociación existente en la provincia la Minh Chi Tan, y otros tantos disgregados porque sus padres tenían una ideología distinta a la de la asociación mencionada o no lograron congregarse.

En la Minh Chi Tan aún se conservan tradiciones relacionadas a comidas, festejos, prácticas deportivas como taichi y otras artes marciales, sin embargo, parte de la historia de la misma permanece oculta, pues los documentos que la cuentan y testimonian están en un idioma nativo, muerto ya en China.

Sin embargo, pese a todos los avatares los vestigios de la tierra de la Gran Muralla aún se pueden divisar por ahí, en la cultura culinaria, en la dieta de muchos, donde no faltan vegetales y hortalizas, y en la especial corneta china de nuestros carnavales, como muestra irrefutable de la impronta que el abuelo chino nos legara.

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