portada mas alla de La Farola

Cualquiera está dispuesto a protagonizar una inauguración, es más, las personas tienen propensión a sobresalir, a ostentar el número uno en cualquier actividad, no solo en el deporte. El primero en todo, menos en la muerte, aunque como los baracoenses goce del privilegio y la seguridad de sea cual fuere su comportamiento terrenal terminará en El Paraíso.

Tales proyecciones signaron también, sin duda, a Santiago Navarro Navarro, a quien, sin embargo, cupo el triste honor de inaugurar, con su enterramiento, la necrópolis de la ciudad de Baracoa, el primero de septiembre de 1852, tras fallecer a los 44 años de edad, víctima de pulmonía.

Lápidas, monumentos angelicales, silenciosos pasillos y floridos jardines son testigos del dolor y el llanto de muchas generaciones que aquí guardan la historia moderna de la Primera de Nuestras Villas y Ciudades, un paraje lleno de nichos funerarios que atesoran mucho más: la leyenda precolombina de amor y paz incaicas barridos tras el encontronazo de dos culturas.

Saltemos el tiempo. El primer cementerio de que se tenga noticias aquí estaba frente a la iglesia Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, como bautizó Diego Velázquez a la ciudad por el lejano 1511, en el hoy parque Independencia.

El segundo camposanto se ubicó en La Trilla, en la hoy intersección de las calles Rubert López y Calixto García, en tanto el tercero estaba al final de la última de las referidas vías. El desarrollo y crecimiento de La Primada, debió determinar la apertura de la cuarta y actual necrópolis, la mayor de las 18 con que cuenta el municipio.

Ubicada en las alturas de El Paraíso y colindante con la barriada de Joa, en él descansan los 317 muertos que dejó el siglo antepasado una epidemia de fiebre amarilla; como también los dos mil 113 caídos durante la última etapa de la Guerra de Independencia (1895-1898), de los cuales mil 779 fueron civiles.

Inolvidables hijos de Baracoa reposan en el camposanto de 18 mil 183 metros cuadrados, con tres calles principales y dos adyacentes por donde acceder a las mil 637 tumbas existentes, en la más vieja de las cuales yace Domingo Tur.

Personalidades como el coronel del Ejército Libertador Félix Ruenes y otros destacados mambises funden allí su historia con la escrita por 11 combatientes de la Insurrección y los 17 baracoenses que allende la mar ofrendaron sus vidas en un hermoso canto de libertad e internacionalismo, quienes regresaron a la tierra Patria durante la Operación Tributo del 7 de diciembre de 1989.

En esas tumbas queridas yacen personajes inseparables de la idiosincrasia y la cotidianeidad baracoense como Magdalena Menasse Rovenskaya, “La Rusa”, bella y enigmática mujer que enriqueció la cultura y el nombre de la Villa; Oscar Montero, “Cayamba”, el Trovador Guerrillero, el Cantante de la Voz más Fea del Mundo, pero figura ineludible en el contar de la ciudad; y Agustín Soler y Espalter, adelantado y fundador de la fábrica de aceite de coco, del acueducto y la gran vía aérea que tuvo Yumurí: el funicular.

Cuentan que desde 1970 hasta la fecha en la necrópolis se hicieron más de nueve mil 369 inhumaciones y cinco mil 427 exhumaciones, entre ellas las de Pepón, un español negado a desaparecer quien tras 11 años enterrado, estaba allí, disecado, momificado, pero allí.

Los baracoenses son afortunados en el Último Adiós: tienen El Paraíso como destino, aunque pese a proclamar ser los Primeros en el Tiempo, opten por ser los últimos en morir.

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(Tomado del Libro Baracoa: Más allá de La Farola. Editorial El Mar y la Montaña 2013)

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