lazaro de la Cruz Pineda“Este reconocimiento me compromete más con mi pueblo”, asegura Lázaro. Foto: Lorenzo Crespo Silveira

Convertirse en hijo ilustre de la añeja ciudad de Baracoa, constituye para Lázaro de la Cruz Pineda, honor y orgullo. “Jamás pensé que recibiría tal condecoración, recuerdo el día que me la entregaron junto a otros colegas, en la asamblea solemne.

“Es una experiencia única, nada vale más que el agradecimiento de tu pueblo”, refiere, este hombre de alta estatura, piel mestiza, voz grave y mirada expresiva, sobre La Llave -símbolo de la Ciudad Primada refrendado en la Sesión de la Asamblea Municipal del Poder Popular, el 15 de agosto de 1999, que se le entrega a personalidades destacadas, por sus aportes al desarrollo social, la identidad nacional y el crecimiento de la localidad.

“Este símbolo”, una pequeña llave de madera guardada en un cofre de más 10 centímetros de largo, -dice- “lo tengo en mi cuarto junto a la medalla Carlos J Finlay, y a un libro –Área Roja, de Enrique Ubieta- que me obsequiaron al concluir mi última misión”, describe mientras muestra los objetos, que para él simbolizan más compromiso.

Los reconocimientos –precisa- son siempre bienvenidos, pero en su caso “no hay mérito que supla salvar vidas humanas”, como lo ha hecho este Licenciado en Enfermería -nacido el 12 de junio de 1963 y baracoense de cuna-, durante toda su carrera.

Oriundo de una familia humilde, se crió con los abuelos, porque su papá –cuenta- “siempre fue enfermizo, pasó sus últimos 47 años hospitalizado. Mi madre también tenía sus padecimientos y crió a mis cuatro hermanos menores –tres hembras y un varón- en difíciles condiciones, pero gracias a la Revolución todos somos profesionales”.

De la Cruz Pineda inició sus estudios de Enfermería en Guantánamo, en 1979 y los concluyó en 1983 en la Isla de la Juventud. Tras graduarse comenzó a trabajar en la Ciudad Primada; “al poco tiempo, ya graduado fui a Angola -en la caravana Ernesto Che Guevara- con la cual recorrí el sur de ese país, y gané en experiencia”.

Al regresar continúo su trabajo en el Hospital Octavio de la Concepción y de la Pedraja, de Baracoa, donde se especializó en Administración de los Servicios Hospitalarios y desempeña cargos de dirección hasta la actualidad.

“Hice varios cursos, postgrados, maestrías nacionales e internacionales hasta que salí de misión para Venezuela -durante cuatro años hasta el 2010.

Tras retornar de tierras bolivarianas, Lázaro, continuó con su habitual rutina: atender pacientes, además de educar y criar correctamente a sus tres hijos, “Su madre y yo somos sus derroteros, les indicamos como proyectarse –aunque respetaré las decisiones que tomen en el futuro-.

“Dicen que quieren ser médicos, por lo menos Ernesto –uno de ellos- está en su cuarto año de la carrera”, comenta mientras presume, que a pesar de su esposa ser doctora, él, fue quien inyectó la afición en casa hacia esta profesión.

Así transcurrió la vida de este hombre hasta noviembre de 2014, cuando le asignan la misión de combatir el mortal virus del Ébola, en Liberia.

La huella de Lázaro

“Tuve que irme para Liberia sin decirle la verdad a mi madre”. Tampoco este enfermero de 53 años, lo había hecho cuando anteriormente salió a colaborar en esa profesión, en la República de Angola y Venezuela.

“Temía darle la noticia porque ella que pasa los 65 años, es hipertensa y se pone nerviosa. Además Liberia tenía una situación tensa por la muerte masiva de personas infectadas por el Ébola, epidemia que azotaba, por segunda vez a varios países africanos, y que amenazaba en ir más allá de esas fronteras.

“Como las veces anteriores, acepté cuando las autoridades de Salud Pública me preguntaron si podía partir de nuevo, esta vez junto a otros compañeros a combatir esa letal infección”, recuenta, este cubano, uno de los 256 que cumplieron la delicada misión médica entre noviembre de 2014 y abril de 2015, en Liberia, Sierra Leona y Guinea Conakry.

Su partida se produjo junto a once guantanameros -de ellos seis baracoenses-, hacia el llamado “continente negro”.

“En Cuba nos dieron un intensivo teórico-metodológico de cómo tratar tan agresiva enfermedad, pero sin ningún paciente. Luego, en Liberia –colonia de Estados Unidos- recibimos otra preparación por personal de la Organización Mundial de la Salud y funcionarios de la Organización de Naciones de Naciones Unidas.

Flachazos de Liberia

A Lázaro le cuesta hablar de su experiencia en el Área Roja, lugar donde ingresaban los casos confirmados de Ébola, “la enfermedad se divide en tres etapas –y en la última que era el estado confirmado- se sabía que el paciente iba a morir, por lo que nos indicaron no tocarlos.

“Eran muchos los que fallecían. Hablamos con nuestro embajador y con el jefe de brigada y les comunicamos que no fuimos a ver muertos, que trataríamos a todos los pacientes por igual”, relata y añade que durante ese tiempo tuvo que cambiar sus hábitos de vida.

“La ciudad estaba despoblada, los negocios cerrados, había toque de queda, y muchos profesionales habían emigrado. Los cubanos nos saludábamos de lejos, era extremo el cuidado que teníamos, no te podías equivocar.

“En una ocasión, pasé el sofoco de mi vida, el traje se bajó a medio cuerpo, mis compañeros se percataron y me sacaron rápido a desinfectar”, describe con palabras entrecortadas y ojos enjugados.

El silencio hizo suya la conversación hasta que nuevamente Lázaro la retoma, “antes de partir hacia África nuestro presidente Raúl Castronos dijo: van para una guerra donde no conocen al enemigo, los quiero a todos aquí y vivos…”, recuerda las palabras que lo inspiraron a no dejarse vencer.

“De los 203 ingresados que tuvimos fallecieron 43, de ellos 19 casos confirmados con Ébola” comparte estadísticas y cuenta que muchos de los egresados contribuyeron como asistentes.

La labor de un especialista de salud –refiere- es dura y conlleva sacrificio, “y cuando lo haces lejos de tu país y de la familia más, son muchos los recuerdos y la nostalgia, que debes aliviar con el trabajo.

Para Lázaro esta ha sido la etapa más importante de su vida, “allí dejamos huellas, nos tuvieron que sacar de madrugada y a escondidas porque no querían que partiéramos, eran muchas las muestras de agradecimiento.

“Mi experiencia en Liberia me convirtió en hijo ilustre de Baracoa, pero siento que debo hacer más por mi pueblo. Estoy listo para cumplir cualquier compromiso nacional como internacional,”, asegura con la mirada puesta sobre el pequeño cofre de madera.

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