A propósito del Aniversario 505 de la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, conversamos por segunda ocasión con uno de los luchadores contra el ébola en África, Hijo Ilustre de esa ciudad

alberto medico

Era la segunda vez que conversaba con Alberto Hernández Hernández, pero esta vez en vivo. Las fotos, mandadas vía Facebook, las preguntas y respuestas interminables reproducidas luego en este periódico, no fueron suficientes para calar al hombre que tengo delante.

 

Nacido, criado y amarrado para siempre a El Manglito. Técnico en Enfermería desde  1990  y Licenciado una década después, “en una graduación en la que estuvo Fidel”, desde entonces Jefe de enfermeros del policlínico de El Jamal, y hace un año merecedor de la Llave de la Ciudad de Baracoa y la orden Carlos J. Finlay.

Internacionalista primero en la República Bolivariana de Venezuela, y de octubre del 2013 a junio del 2014, en la República de Guinea, como parte del contingente cubano que respondió al llamado de la Organización Mundial de la Salud para combatir el ébola.

 

“En el policlínico, detalla, el Consejo de Dirección hizo un llamado para quienes, con una misión anterior y conocimientos del inglés, estuvieran dispuestos en ir a África. Cumplía con ambos requisitos, y dije que sí”.

 

Luego, vino la primera prueba de dureza. “Decirle a la familia fue difícil. Le pedí a mi hijo que buscara información sobre la enfermedad, y luego me senté con todos y les di la noticia. ¿Por qué me fui? Porque prefería mil veces combatir la enfermedad allá, para lograr contenerla, que aquí”.

 

Ya en el continente africano, aplicó su propia fórmula contra los demonios. “Un enfermero, para ser internacionalista, lo primero que tiene que tener es ser humano, ecuánime y tenerle miedo, mucho miedo, a la enfermedad”.

 

“¿Miedo?”, le pregunto. “Miedo -responde. No uno que te bloquea, sino el que te alerta,  te mantiene despierto, atento para no equivocarte, y no permite que te sientas confiado, porque ahí está el verdadero peligro. Era lo natural, además, el ébola es una enfermedad terrible”.

 

Nada les fue fácil.

 

“Tuvimos que adaptarnos al idioma, que en realidad eran varios dialectos, y cambiar el protocolo de atención, gracias a lo cual, y a la confianza que ganamos, pasamos de salvar a menos de la mitad de los enfermos, a un 90 por ciento de sobrevivencia. Salvamos el primer ingreso y el último”, menciona con orgullo.

 

Cada vida ganada, asegura, fue un punto para Cuba, y un golpe contra las campañas de descrédito que los “recibieron” en el país del África occidental, conocido como Guinea Conakry.

 

“Médicos sin Fronteras, cuenta, cuestionó nuestra profesionalidad, y le respondimos con resultados al punto de que llegó un momento en que las personas venían de muy lejos, incluso de donde había otros centros de atención, porque se decía que los cubanos eran quienes salvaban”.

 

Porque la resistencia también vino de adentro. “La población local pensaba que los blancos habíamos ido a llevarnos sus órganos, pero en cuanto las personas sanadas regresaron a sus comunidades y contaron, todo cambió.

 

“La filosofía del sistema de salud cubano basada en la prevención, asegura finalmente, es la mejor del mundo. Es un orgullo ser de este país, y para colmo, ser reconocidos por nuestra nación, y como hijo ilustre de mi querida Baracoa, que cada día está más bonita”.

 

Entonces le hago la pregunta del millón. “¿Volverías a luchar contra el ébola?”. “Volvería, me responde. Siempre será mejor combatirlo fuera de nuestras fronteras, contenerlo lejos. Iría con más conocimientos, más capacitado, aunque confiado nunca”.

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