maltrato animal

Vivo en una calle de la ruta de coches del Reparto Caribe en la ciudad de Guantánamo y la única ventaja que eso me proporciona es que camino unos pocos pasos y abordo rápido uno de esos medios de transporte o de regreso puedo bajarme frente a mi casa, porque lo demás, es un largo enunciado de disgustos: despertarme a las 5 de la mañana cuando empiezan a transitar, el hedor de la orina y del estiércol, este último acumulado muchas veces en montones, el ruido de la música que algunos cocheros amplifican, las malas palabras y otras groserías de no pocos de ellos, el deterioro indetenible de la vía, el peligro de una estampida -ya vivida- de uno que otro caballo, el maltrato que reciben numerosos de esos animales…

Cualquiera de esos inconvenientes, todavía incompletos, es digno de una reflexión, de pensarse muy seriamente la permanencia de los coches si no fuera por la insuficiencia del transporte estatal para atender la demanda de la población o lo que esa modalidad del cuentapropismo significa para el empleo y el sustento de muchas de esas personas y sus familias.

Pero quiero detenerme en el tema del maltrato, de la crueldad con que son tratados muchos de los caballos que tiran de las también llamadas carriolas, a partir de la triste e indignante escena presenciada días atrás, copia fiel de otras similares que se repiten ante la inactividad de inspectores y el rechazo de varias personas, que bien pudiera ser más enérgico y contundente si todos decidiéramos unirnos en ese altruista propósito.

El cochero, una persona muy joven, la emprendió a fuetazos contra el animal, que se negaba a andar, le descargó toda su furia y violencia, cuanta obscenidad de palabras encontró para hacerlo caminar, hasta que el jamelgo cedió, rendido ante la arremetida de golpes.

Aquel muchacho actuó como un salvaje, con más brutalidad que la atribuible a los seres irracionales, con una conducta que nos aleja del humanismo y la sensibilidad que debe caracterizar el actuar de nuestra especie hacia sus semejantes y hacia cualquier otra de la naturaleza.

Existen otros modos de ultraje a estos seres, como la agresividad con que se les trata cuando resbalan en la calle y caen al suelo, las travesías bajo el inclemente sol del mediodía y las evidentes señales de cansancio, de sed y hambre, que incluso los hace caer desfallecidos, entre muchas otras.

Y una se pregunta, ¿por qué sigue permitiéndose este tipo de maltrato con los caballos? Ser, por ejemplo, su dueño, no da licencia para ello, para hacer lo que cada quien quiera respecto al nivel de violencia con que los trata, de las condiciones de trabajo que les impone.

Lamentablemente, en Cuba no hay aún un marco legal para proteger a los animales, solo se penaliza la matanza ilegal de ganado mayor (vacas y caballos) pero no el agravio de estos en sus trabajos forzados, y se habla de una Ley que, una vez aprobada, puede contribuir a eliminar en algunos casos o minimizar en otros las formas de maltrato a la variedad de especies existentes en la nación.

Pero creo que eso no impide que se haga algo, o al menos mucho más, por los inspectores de transporte y de cuanta institución tenga “vela en este entierro”, pues a fin de cuentas, los caballos son también en esta historia un instrumento de trabajo y como tal deben cuidarse, preservarse, concepto que debería caer por su propio peso ante el hecho de que son seres vivientes.

No abogo por una cruzada contra coches y cocheros sino contra el maltrato despiadado hacia no pocos caballos, y de paso, por un mayor control de esta actividad, que ha sumado una lista de irregularidades urgidas de revisar, y que bien ameritan otras reflexiones.

Comentarios   

+1 #1 observer 20-12-2016 20:56
Su comentario me ha consternado, porque he visualizado todos esas escenas asta el cansancio. Y soy de los que ha opinado más de una vez respecto al maltrato animal, no solo con los caballos, sino también con la matanza indiscriminada por parte de los de zoonosis que alardean de eliminar a cuantos perros se encuentran en las calles o en los centros de trabajo. Pero ¿quién le pondrá fin a esos atropellos?, Si esperamos por dirigentes con sensibilidad humana, que anden a pie por nuestras ciudades, quizás, esos animales vean algún día la luz de su salvación al final del túnel. Mientras tanto, seguiremos sufriendo, infartando y muriendo junto con ellos.
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