Desde el Valle de Caujerí, Roberto, ciego, echó a andar, transitó el futuro y creció, creció hasta convertirse en el fisioterapeuta que es hoy, profesional imprescindible para los tuneros.

invidente2Foto: del autor

Al fisioterapeuta Roberto Rodríguez Diéguez lo distingue una trayectoria, casi insólita, que comulga con el aprovechamiento de la igualdad de oportunidades que ha brindado la Revolución a todos los cubanos sin excepción.

Él, a fuerza de voluntad, venció el obstáculo de la invidencia, lo que deviene símbolo de esperanza real para aquejados de dolencias que pueden parecer irreparables.

“Nací el 21 de noviembre de 1968, en el Valle de Caujerí, en la actual provincia de Guantánamo”, rememora, y no pudo disfrutar a plenitud de la luz, pues vino al mundo con catarata congénita.

Tenía un año y seis meses de edad cuando lo intervinieron quirúrgicamente y esa operación, según criterios clínicos, derivó en glaucoma, la cual provocó la ceguera que padece desde los 11 años.

“A los 9 años ya no iba a la escuela normal, porque no veía la pizarra”, rememora sin congojas. El mundo no se le vino encima ni a Roberto, ni a sus progenitores.

“En esos días se gestaba la Asociación Nacional de Ciegos e Invidentes (ANCI) en Guantánamo y, a través de un amigo de la familia, conocimos a uno de los fundadores, quien le informó a mi papá sobre la escuela especial para ciegos Abel Santamaría, de La Habana, única de su tipo en Cuba en esa fecha”, comenta Roberto.

Esperanzas fundadas

Enfocado en edificar su futuro hacia una obra de bien más que en lamentaciones, cursó los estudios primarios, secundarios y preuniversitarios.

“Siempre procuré un buen escalafón, porque quería la carrera de Matemática Cibernética, sin saber que no la otorgaban a personas con mi discapacidad”, recuerda.

Pero Roberto no se sintió frustrado y buscó nuevos derroteros: “Ya estaba en Guantánamo y regresé a La Habana. Comencé a trabajar en los talleres especiales de Vascal, situados en Siboney, Jaimanita, donde estuve alrededor de dos años y medio.

“Después me acogí a una convocatoria de la ANCI para formarme como mecacopista y al terminar ejercí en la biblioteca de la organización transcribiendo textos al sistema Braille en punto para facilitar la lectura a los ciegos”.

Allí estuvo hasta que lo motivó una nueva oportunidad. Otra vez la Asociación despertó sus expectativas.

“Ahí supe que estaban ofreciendo cinco plazas para estudiar técnico de nivel medio en Terapia Física y Rehabilitación en el politécnico Salvador Allende, de La Habana, opté por una, me gradué y retorné a Guantánamo. Presté servicios en esa especialidad en el policlínico Centro, de la ciudad capital en mi provincia natal; y el 5 de octubre de 2001 llegué a Las Tunas (donde vive actualmente), a la instalación -el Gustavo Aldereguía-, que ya son parte de mi vida.

Cuenta que en La Tunas quedó atrapado, pero no inmóvil, “en el 2004 matriculé en el entonces politécnico Mario Muñoz Monroy, de Las Tunas, donde hice la licenciatura en esta especialidad que terminé en el 2009”.

Ahora, con éxitos conjuga su responsabilidad de terapeuta con el cargo de secretario de Deporte y Recreación en la Dirección provincial de la ANCI; y la práctica de judo -ya es cinta negra- y de goalball (un deporte con pelota).

El valor de la constancia

Si las dolencias del cuerpo exigen del restaurador masaje, muchos especialistas y pacientes suelen sugerir las atenciones de Roberto, y lo dicen sin ambages: “deja que Roberto te pase la mano”.

Sin embargo, “hay pacientes que han estado con algunas de sus articulaciones largo tiempo inmovilizadas y llegan a la consulta con rigidez extrema; entonces, yo los someto al tratamiento de movilizaciones forzadas y sus gritos atraen la atención de todo el mundo. Algunos no regresan, pero la mayoría vuelve a darme un abrazo y a mostrar satisfacción por la mejoría que sienten”.

Porque Roberto es defensor a ultranza de un principio aristotélico de la Medicina: “si estoy en un departamento de Salud es para proporcionarla, aunque provoque dolor en algunas ocasiones, porque sé que ese dolor al final se va a convertir en mejoría y después en el agradecimiento del enfermo”.

El reconocimiento…

“¿Premios?, muchos”, afirma y relata que se emociona cuando lo llaman profe, esos jóvenes que ha contribuido a formar como instructor docente de área práctica, específicamente en el departamento de masaje; el abrazo fuerte, en las calles o la institución, de los pacientes ya rehabilitados, “porque para mí no hay nada más importante que aliviar, con mis manos, el dolor ajeno”, sentencia

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