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Lo que Dolores Matos sintió la noche larga de Matthew no lo había sentido nunca y espera no tener que experimentarlo más. “Un viento fuerte, y el ruido del mar, que parecía que iba a tragarnos y, en algún momento, un estruendo que parecía bomba y ante el cual las mujeres nos abrazamos y empezamos a gritar. Al otro día supimos que era un parte del techo del consultorio médico donde nos evacuamos, que no resistió”.

Dolores Matos no es impresionable. En ocho décadas ha tenido tiempo suficiente para acostumbrarse a temporales y ciclones…, viviendo como vive muy cerca del mar, en la localidad de La Llana, Consejo Popular de Boca de Jauco.

Pero ni siquiera el Flora, que pasó en una aventura digna de libro y de la cual salió ilesa para contárnosla, tuvo la fuerza del Mateo americanizado.

Al Flora, rememora, lo recibió con una barriga de nueve meses aquel 4 de octubre de 1963. “Mi casa, la primera que tuve, se la llevó el mar, y tuve que salir corriendo hacia otra, en la que mientras daba a luz sentía cómo las olas chocaban contra las paredes”.

Tanto insistió el mar que pudo más que aquella construcción, así que Dolores corrió de nuevo con su hijo en brazos hasta un pueblecito cercano, donde pasó lo que restó del Flora, que tuvo para muchos días en el oriente de Cuba.

Un año, rememora, estuvo viviendo en una escuelita hasta que la Revolución le hizo la casa que ahora vinieron a destrozarle los vientos de Matthew, que también se llevó la vivienda del hijo aquel nacido bajo los embates del Flora y para quien, este año, no habrá cumpleaños feliz.

Después de la noche y el miedo, la mañana llegó con el dolor. La constancia de que lo real es peor que lo imaginado, que ni todos los rezos del mundo pudieron mantener en su sitio las tejas de la casa que comparte con hijo y nieto.

Dolores Matos tiene 87 años y es la segunda vez que pierde su casa. Desde hace dos días, cuando decidió que era tiempo de dejar de llorar, trabaja para recuperar lo posible, hasta que alguien llega y pregunta, conmovido seguramente por la forma en la que sus ojos, de pronto, se quedan mirando a lo lejos, al mar, a lo que dejó el viento.

Entonces, recuerda y llora. Llora y cuenta. “No puedo evitarlo”, se excusa todavía y su cuerpo liviano se estremece sobre sí mismo, se encoge al punto de que, si quisiera, pudiera abarcarlo con tan solo un abrazo.

Dolores Matos vive en Cuba y sabe que nadie quedará desamparado, pero es difícil mantener la entereza. “Estamos vivos, solo dice”. Viva su familia toda, hasta donde sabe. Salvos también sus vecinos, aunque sea entre escombros.

Dolores Matos tiene 87 años y de nuevo vive para contarlo. Ahora, solo le falta volver a comenzar.

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Esta tarta de piña sin horno es un clásico de los postres sencillos y cómodos porque no hay que ser experto para hacerla. La podemos preparar en formato redondo o en formato rectangular, que también queda muy bonita. Es tan deliciosa como efectiva, con un sentido sabor a piña si usamos la gelatina de este sabor. Una estupenda forma de iniciarse en la repostería y uno de esos postres que gusta a todo el mundo.

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