raul rodriguez peñaRaúl calcula que solo su brigada levantó unos seis kilómetros de líneas caídas. Foto: de la autora

Pregunto por alguien con experiencia en la recuperación de eventos meteorológicos y lo señalan: es Raúl Rodríguez Peña y espera en una larga fila de autos porque su camión, con un rótulo UNE Florida Camagüey, sea abastecido en el Cupet de Imías.

Quienes lo “presentaron” llevan razón. A sus 52 años ha vivido para ver los estragos de siete ciclones y enumera las provincias devastadas: Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Sancti Spíritus, Camagüey, el municipio especial Isla de la Juventud, Guantánamo

De todos, lo peor que recuerda es Isla de la Juventud, luego del huracán Gustav, que el 30 de agosto de 2008 entró a Cuba, afectó además a Pinar del Río, y dejó 100 mil casas dañadas, casi 400 escuelas, 19 lesionados y daños enormes a la infraestructura de ambos territorios.

“Pero nunca se está totalmente preparado para presenciar el desastre”, asegura este jefe de brigada que tiene, a su cargo, el trabajo de otros cuatro linieros especializados.

“Vimos mucho destrozo, las líneas en el piso, los postes partidos o arrancados de raíz, toda la población a oscuras, con sus casas destruidas. Es siempre muy fuerte y muy triste llegar a lugares por donde pasa un huracán, y más con la fuerza de este”.

A Guantánamo llegó poco después de Matthew, con la misión de, junto a otros solidarios de tres provincias del país, más las brigadas locales, devolver el fluido eléctrico a los miles que quedaron a oscuras…

Su misión en Imías, donde se afectaron 25 kilómetros de líneas, 98 transformadores, y quedaron en el suelo 168 postes y más de 4 mil acometidas, dejando sin electricidad a más de 6 mil familias, empero, ha terminado: según Gonzalo Matos Blancar, director de la OBE municipal, solo quedan unos pocos clientes sin servicio, y se resolverán con las brigadas de la provincia.

Lo más difícil, asegura el liniero, fue la altura. Acostumbrado a la llanura extensa de la tierra de El Mayor, el escabroso terreno de Imías lo retó a las escarpadas. “Lo más alto que trabajamos para resolver una avería fue 60 metros sobre el nivel de la calle, una distancia que crece cuando te tienes que subir a un poste”.

Hasta arriba, además, más de una vez fue necesario llevar sobre el hombro herrajes, escaleras, equipos. “Y eso hace que el esfuerzo, así sea en una rotura sencilla, sea mucho mayor”.

Las jornadas de trabajo son, por demás, extensas. “Nos levantamos a las cinco de la mañana y vamos regresando a las ocho o las nueve de la noche a los albergues…, pero igual ha sido un gusto trabajar en Guantánamo”.

Raúl, simplemente, se va enamorado, y que no desespere su esposa que lo espera, a fuerza de costumbre, en la bellísima Florida camagüeyana. “La gente nos atendió muy bien, nos daban limonada, café, pero sobre todo nos ayudaron mucho. Abrieron huecos con nosotros, alzaron líneas, nos acompañaron en la fuerza que requiere subir los transformadores…, y cuando calentábamos el sistema y llegaba la electricidad, nos aplaudían, nos abrazaban, nos daban las gracias. Son cosas que no se olvidan”.

Es, a pesar de Matthew, una tierra a la que se le sale la belleza, continúa el hombre: “Una naturaleza preciosa, pero además con mucha historia. Estuvimos en el campismo de Playita de Cajobabo, a un kilómetro y medio del monumento que está en el sitio por donde desembarcaron Martí y Gómez, y aunque no pudimos ir, todo el mundo nos hablaba del suceso”.

Ahora, es tiempo de seguir camino. “Nos vamos para Baracoa, a cooperar en el restablecimiento de la electricidad, y luego, si hace falta, estamos dispuestos de seguir hasta Maisí. No tenemos fecha de regreso”.

A Baracoa me voy, me dice aunque seguramente no conozca la canción y, tras varios días de la furia de Matthew, ya existan carreteras para llegar la primera Villa fundada en Cuba.

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