García Calás explica que en la cata se valora el bouquet del vino: conjunto de aromas complejos que revelan su calidad.
En Guantánamo, tierra donde las tradiciones se convierten en herencia viva, la vinicultura ha encontrado un espacio de cultivo y preservación, gracias al empeño de hombres y mujeres que, movidos por la curiosidad, el legado familiar y la pasión heredada de padres y abuelos, comenzaron a elaborar vinos en sus hogares y saltan hacia la profesionalización, perfeccionando técnicas, registrando marcas y elevando la calidad de sus producciones.
En ese camino que se transforma en saber profesional, emerge la figura de Tomás García Calás, santiaguero de nacimiento y presidente del Club de Vinicultores Villa Guaso. Su historia personal es reflejo de ese tránsito.
“Generalmente los vinicultores desarrollamos esta actividad como tradición, ya sea porque el padre, el abuelo o un hermano se dedicaba a eso y se va transmitiendo al resto de la familia”, afirma.
Su propio camino comenzó en 1982, cuando un primo químico de Santiago de Cuba le enseñó las primeras técnicas de elaboración.
“Él empezó a darme las primeras experiencias, la fórmula que había que emplear, cómo fermentarlo, clarificar, y a partir de ahí me fui apoderando de esos conocimientos y comencé a hacer mis propios vinos”, recuerda.
Al inicio, su producción era doméstica: se ofrecía a las visitas, regalaba alguna botella. Tanto así que, cuando su hija cumplió 15 años en 1999, casi toda la bebida de la celebración había salido de sus manos.
Ese aprendizaje lo llevó a conectar con otros guantanameros que compartían la misma pasión.
“Así fui conociendo a otros compañeros también en el propio Guantánamo que tenían experiencia, me fueron dando herramientas, instrucciones y me fui apropiando de todo eso hasta el día de hoy”, explica.
De la pasión a la organización
De esas conversaciones con otros colegas surgió la idea de organizarse. Entre 2013 y 2014, Gustavo Vélez, primer presidente del club, supo de la existencia de una coordinadora nacional de vinicultores y la iniciativa tomó forma.
“La idea fructificó, creamos el club el 12 de julio del 2015, y a partir de ahí fuimos contactando con otros interesados en unirse a nosotros e iniciamos con siete compañeros esta etapa más organizada de la vinicultura en la ciudad de Guantánamo”.
Hoy, Villa Guaso cuenta con 15 miembros, 14 de la ciudad y uno de Caimanera, además de un miembro honorífico del municipio El Salvador. La vida del club se articula en reuniones mensuales, donde la actividad fundamental es la cata de los vinos producidos por cada integrante.
“Es orientación que cada vinicultor lleve una muestra y allí lo catamos, miramos cómo está en cuanto a clarificación, gusto, sabor, el bouquet que puede tener el vino”.
Ese ejercicio colectivo ha permitido un crecimiento notable en la calidad de las producciones.
“Tenemos compañeros que reconocen que el vino que elaboraban hace diez años no se parece en nada al que producen hoy; y lo dicen con orgullo, porque esa es precisamente la política fundamental del club: que cada vinicultor, con el tiempo y el aprendizaje colectivo, vaya perfeccionando su técnica y elevando la calidad, hasta lograr un producto que agrade a quienes lo consumen”.
La labor del club no se limita a la producción y las reuniones mensuales. Existe un vínculo estrecho con la Casa de la Cultura municipal Rubén López Sabariego, que los integra en actividades festivas, ferias expositivas y otras celebraciones. Allí, los vinicultores muestran sus creaciones y explican al público cómo se elaboran y cómo deben consumirse y también han llevado sus vinos a diferentes escenarios, compartiendo con actores económicos estatales y privados.
“Hemos hecho exhibiciones de nuestras producciones en distintos lugares, oportunidad para que la gente los conociera, explicar cómo se hacen, qué tipo de vino es y cómo deben consumirse, porque también depende del tipo de vino el alimento con el que se acompaña”, señala García Calás.
Ese contacto con el público se ha ampliado en los últimos tiempos.
“Hace alrededor de un año estamos acudiendo también a la feria agroindustrial, eso ayuda a que conozcan más de la vinicultura local”, añade.
La dimensión cultural se refuerza en el festival anual que organizan durante la Semana de la Cultura. Allí, en la clausura, se realiza un gesto simbólico: unir todos los vinos que compiten para crear un gran vino colectivo, que se brinda a los asistentes como celebración compartida.
Además, se organiza una cata popular en la que cada vinicultor presenta una botella de su producción y el público, según su gusto y preferencia, otorga puntuaciones que determinan cuál es el vino más popular del festival.
“Con todas esas cosas hemos ido logrando que los guantanameros conozcan más de los vinos, de sus características y de cómo consumirlos”, afirma.
La profesionalización también se refleja en los festivales nacionales.
“Inicialmente llevábamos la muestra en pomitos de agua, pero decidimos que cada vinicultor presentara su vino en una botella con su etiqueta. Es algo agradable que la población vea qué marca gana un premio determinado, y más profesional”, explica.
Más allá de la uva
Hay una curiosidad que Tomás García Calás no deja de subrayar cuando habla de la vinicultura guantanamera. “Muchos europeos plantean que de lo único que se hace vino es de la uva -comenta- pero nosotros rompemos ese mito y aprovechamos las bondades que nos da nuestro país”.
En efecto, la creatividad de los vinicultores cubanos ha sabido sacar partido del clima y de la tierra nacional, transformando frutas como el marañón, la piña, la guayaba o la cereza en vinos de sabores singulares, y explorando también granos como el arroz y el maíz, o tubérculos como el jengibre, muy demandado por sus propiedades medicinales.
La innovación ha sido parte de su camino. En el Festival Chocolate con café, a petición de Waldo Mendoza, presidente de honor del evento, se aventuraron a elaborar vinos de café y cacao.
“Cuando empezamos a experimentar trabajamos con el café en grano y molido, pero la práctica nos demostró que cuando se emplea el polvo resulta con mayor calidad pues arrastra más los aromas y el sabor”, explica.
“El resultado fue un vino oscuro, con bouquet exquisito, inclusive le puse una marca diferente a la mía: Negro del monte y ha tenido buena aceptación”, comenta con orgullo.
“Cada vinicultor, como norma, tiene su marca, que lo identifica”, explica García Calás. En su caso, la marca LARRAL nació de la combinación de las iniciales de sus nietos. “Es algo muy curioso y particular”, comenta, orgulloso de que hoy muchos lo identifiquen más por su marca que por su propio nombre.
Los retos, sin embargo, son constantes. El aumento de precios y la dificultad para obtener materias primas esenciales como el azúcar, el agar-agar y la levadura ponen a prueba la resistencia de los vinicultores guantanameros.
Frente a esas dificultades, Tomás García Calás es enfático: “No rendirnos, seguir hacia adelante y, al mismo tiempo, trabajar en la búsqueda de nuevos mercados”. En ese empeño, la apertura de negocios privados ha representado una oportunidad para comercializar sus vinos y expandir la tradición, “todo eso nos ayuda a seguir abriendo un camino”, asegura, convencido de que la vinicultura en Guantánamo seguirá creciendo.
En cada palabra de Tomás García Calás se percibe la convicción de que la vinicultura en Guantánamo es más que una práctica artesanal: es cultura, identidad y futuro. Bajo el impulso del Club de Vinicultores Villa Guaso, un saber heredado se ha transformado en patrimonio compartido, y cada botella es hoy testimonio de una pasión que, como el buen vino, se enriquece, madura y alcanza mayor calidad con el paso del tiempo.