Yo no puedo vivir sin ser maestra.
La historia de Lourdes Pérez González es también la historia de un pueblo que creció con ella. Nacida en La Clarita, esta maestra de maestros tiene el mérito de haber formado a la mayoría de los pobladores de esa zona de Yateras, donde toda su vida trabajó como educadora.
De pie frente a su aula, Lourdes explica a los niños de primer grado los cálculos matemáticos, aclara dudas y va mesa por mesa. Una vez que deja el ejercicio de la mañana, se sienta junto al equipo del periódico Venceremos y cuenta brevemente su historia.
“Me crie aquí con una familia muy numerosa; yo era la mayor. Entonces me dije que debía ayudar pronto en la casa a traer el pan y esa decisión me conllevó a ser maestra, incluso, de mis siete hermanos”.
La responsabilidad de cuidar a los suyos marcó desde temprano su vocación. Detalla Lourdes que tras el triunfo de la Revolución, su padre partió hacia La Habana y ella le dijo a su madre:
“Yo voy a estudiar en Felicidad. Fue así que hice el séptimo grado en la secundaria que había ahí y en vez de seguir mi sueño de trabajar en la industria textil, opté por el magisterio, que me garantizaba un pago más inmediato. Tenía 15 años”.
La formación fue dura, pero nunca se rindió.
“Me gradué y empecé a ayudar con los gastos de la casa. El primer destino como maestra fue un lugar intrincado: Las Municiones. Allí, sola, debía atender a niños de primero a sexto grados. Imagínate tú, mi primer año de trabajo y lejísimo de casa. Por suerte, antes venían los planes de clase, completos, nada más yo tenía que aplicarlos y crear los medios de enseñanza. Y ahí trabajé en un curso, yo solita.
“El salario tardó en llegar, pero la vocación se imponía. Y ahí seguí trabajando hasta que me pagaron. Recuerdo que corrí a dárselo a mamá. Esa primera paga fue símbolo de independencia y un gesto que reafirmó no solo mi compromiso con la familia, sino también con la profesión.
“La vida me llevó luego de Las Municiones por distintas escuelas: La Cuevita, El Porvenir, Palenque. Le di la vuelta entera a Yateras. Fueron como 18 o 19 escuelas. Y sin contar la cantidad de niños que formé”. Cada traslado era un reto, pero también una oportunidad de sembrar conocimiento en comunidades diversas.
De vuelta a La Clarita, Lourdes se asentó en la primaria Américo César Delís.
“Llevo más de 30 años trabajando aquí con primer grado. Vi crecer a los médicos, ingenieros, maestros… que aún me recuerdan con gratitud. Aquí pueden llamar a la comunidad entera: ¿quién te dio clase? Y dirán: la maestra Luz.
“Mi pasión por enseñar nunca se apagará, por eso cuando me dijeron reincorpórate, volví. Me gusta ser maestra. No me voy a sentar en mi casa. La escuela me da fuerzas. Hoy, con 69 años, tengo cinco niñitos a mi cargo y los cinco ya están listos para segundo grado. El curso pasado fueron 14”, agrega.
“Mi método incluye a la familia como parte esencial del proceso. Visito mucho los hogares y les doy la tarea a todos, no solo a los niños. Porque si los familiares ayudan, entonces el maestro puede hacer la maravilla.
“Tengo nietas doctoras, una en Matanzas y otra en Boquerón. También una hija graduada de Cultura Física. A los tres hijos les impartí clases en primer grado y no me decían mamá, sino maestra, porque eso es lo que soy ante el mundo y lo defiendo con orgullo”, afirma.
Lourdes nunca cogió licencia de maternidad. Con el barrigón fue trabajar hasta que dio a luz, y a solo meses de parida se paró frente al aula para seguir sembrando saberes.
“Crie a mi niña en el aula, con un colchoncito al lado mío. Cuando chillaba, le daba el pecho y seguía enseñando a mis niños”. Esa imagen resume la fusión entre maternidad y magisterio, entre vida personal y entrega profesional.
Ella es una mujer de carácter firme y seguro, dice que su fortaleza la sacó de su mamá, que no creía en muchacho travieso ni indisciplinado.
“En el aula hay que ganarse el respeto con el ejemplo y con amor. Hoy aconsejo a los jóvenes maestros, con la autoridad de la experiencia, que no se rindan. Trabajen. Hay que trabajar porque si no, no se puede vivir. Yo que soy una viejita, busco todas las maneras posibles de seguir adelante. La docencia es resistencia, es perseverancia.
La historia de Lourdes es la de una mujer que convirtió la enseñanza en destino y resistencia.
“Me encanta. Sí, me encanta enseñar. Yo no puedo vivir sin ser maestra”, reafirma y uno entiende que esa labor es parte de su esencia, ejemplo vivo de que la educación es un acto de fe en la humanidad.