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Captura de pantalla 20 5 2026 144414 Allá en el poblado de La Clarita, del Consejo Popular de Monteverde, en el municipio de Yateras, vive y trabaja con la misma energía de sus primeros años el maestro Agustín Chivás Rojas.

Habla pausado, con la seguridad de quien ha visto crecer generaciones enteras. Sus manos descansan sobre la mesa mientras repasa, ante la prensa, una vida al servicio de la educación.

“Todo empezó en el Realengo 18. Allí hice mi primer Servicio Social por tres años. Me ubicaron en Los Ñames. Nunca había oído hablar de ese sitio, pero fui sin chistar. Ahí estuve yo solo en una escuelita para niños de primero a cuarto grados. Incluso, dormí en la escuela al principio, luego pasé a vivir en la casa de un campesino.

Esos días en el Realengo fueron maravillosos. Conocer su historia y su gente fue una experiencia inolvidable”, afirma. “Después me movieron para Yerba de Guinea, hoy perteneciente a Santiago de Cuba, donde trabajé con quinto y sexto grados. Cada año fue un aprendizaje mutuo, lo que me fue muy útil más tarde cuando regresé a Yateras, mi natal municipio”, cuenta y suspira.

“En 1981 llegó la propuesta de ir de Misión internacionalista a Nicaragua: Terrero, Ciudad Darío, Departamento de Matagalpa. Mi primera y única misión, apunta con regocijo. Fue un estímulo por mi servicio de mérito en los años anteriores y yo me sentía listo, aunque no puedo negar que también estaba nervioso por la novedad de la propuesta”.

En Nicaragua, Agustín atendió a 40 niños en un solo curso, a quienes impartía todas las asignaturas. “Otro reto”, dice, y se queda callado un momento. “La cultura era diferente allí, y la gente, pero me acostumbré pronto. Un buen maestro debe dominar todas las herramientas para llegar a sus alumnos de forma natural y amena”.

Agustín recuerda cada detalle de esos días fuera de Cuba, la añoranza por la familia, e incluso, la alimentación: “Se comía la tortilla con frijol en el almuerzo y el desayuno. El maíz lo hierven, después lo muelen en una piedra, y esa masa la hacen en un comal de barro a la candela. Y es un plato exquisito para ellos, yo lo disfruté mucho”.

Dos años estuvo Agustín en Nicaragua. Allí vivió de todo. Durante las vacaciones, dos meses seguidos, los movilizaban a recoger café en el municipio de San Ramón. “Íbamos con capa bajo la lluvia, hasta las 3:00 de la tarde. Luego a trillar y separar. Llegábamos a las 4:00.

Fue duro, fue duro ese trabajo, pero ya tenía experiencia similar en Guantánamo, además era una forma de acercarme a esos pobladores y conocerlos para enseñarles mejor”, confiesa.

También alfabetizó adultos. “Con una promotora nicaragüense que me ayudaba vi adultos de hasta 50 o 60 años poner por primera vez su firma, esa alegría en sus ojos fue algo maravilloso. Por el día atendía los niños, y por la noche enseñaba a leer a los campesinos.

“La comunidad me quería mucho. Además porque no solo compartí en el aula. Yo soy del campo también, ayudaba con la leña, hacía cualquier trabajo. E incluso, los domingos jugaba pelota. Ellos me traían a caballo desde el aula con tal de jugar pelota en los barrios.

Todos fueron muy agradecidos”, rememora. “Cuando terminé la misión, regresé a Cuba y me desempeñé como maestro en Monte Verde. Fui director, asesor metodológico y mil faenas más en esta zona intrincada que me conozco como la palma de mi mano. No puedo precisar cuánto más he hecho por este terruño, pero fueron más de 20 años al servicio de la noble tarea de enseñar”, asegura.

Agustín se jubiló con 46 años de servicio. Recibió la Medalla Por la educación cubana y otros reconocimientos a manos del pueblo y muchos de sus exalumnos, hoy médicos, ingenieros, profesores, dirigentes políticos...

Hace dos años se reincorporó a las aulas del centro Américo César Delís. Un proceso que asume con toda la energía y presteza de los primeros años. “Los muchachos de hoy se portan distinto a los de hace décadas, pero en el fondo son iguales. Trato de incentivar los hábitos de estudio y exigirle en casa más apoyo de las familias, porque han cambiado mucho.

Pero a nosotros nos toca educarlos a todos: al niño y a los padres; con amor, esfuerzo y dedicación. De los educadores depende el presente y el futuro”, agrega.

Agustín vive orgulloso de ser maestro. En la calle, la gente lo reconoce y saluda como un familiar más. “Cuando me dicen maestro Agustín, me satisface mucho. Me recuerdan todos estos años de duro bregar. A veces hay quienes me preguntan en la calle: ¿cuánto tiempo más seguiré siendo maestro? Y yo solo sonrío y respondo: Todos los años que me necesite mi Revolución”, concluye.