Alexander, estuvo en la guardia de honor que en homenaje a Ramiro se realizó en Guantánamo.Cada vez que Alexander Acosta Frómeta intenta resumir quién fue Ramiro Valdés para él, termina llegando a la misma conclusión:
—Para hablar de Ramiro hay que sentarse.
Lo dice desde la experiencia de quien pasó años a su lado, primero como escolta y luego como un hombre de confianza que terminó integrándose también a su círculo familiar.
Hoy trabaja en la División provincial de Copextel, en Guantánamo, pero su memoria sigue viajando con facilidad a aquellos años en que un joven integrante de las tropas especiales recibió una propuesta que cambiaría el rumbo de su vida.
Corría 1997. Acosta formaba parte del destacamento de destino especial de la Brigada Especial Nacional. Eran los años de entrenamiento intenso, ejercicios físicos y misiones que exigían disciplina y resistencia.
Antes había cumplido funciones en el protocolo del Comandante en Jefe, pero al concluir esa etapa sus superiores le plantearon dos opciones: incorporarse al equipo de Juan Almeida Bosque o al de Ramiro Valdés.
La decisión parecía sencilla para quienes conocían al joven guantanamero.
“Me preguntaron si tocaba guitarra o si sabía hacer carbón. Les dije que no. Entonces me respondieron: ‘Tú eres un guajiro equivocado. Vete con Ramiro, porque a él le gusta hacer ejercicios, nadar, mantenerse activo’”.
Así comenzó una relación profesional que se extendería durante años.
Por aquel entonces Alexander era apenas un muchacho. Recuerda que, durante una de sus primeras vacaciones, regresó a casa y conversó con su padre, coronel de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, quien le dijo unas palabras que quedaron grabadas para siempre.
“Lo primero que tienes que hacer en la vida es ser hombre y amigo”, le aconsejó. “No tengas miedo porque estés trabajando con un comandante de la Revolución”.
Con el tiempo descubrió que detrás del dirigente histórico existía un hombre de trato cercano, distante de la imagen severa que muchos podían imaginar.
“Jamás lo vi maltratar a nadie”, asegura. “Ni a los escoltas, ni a los choferes, ni a los compañeros que trabajaban en la casa. Todo lo pedía por favor”.
La anécdota que más repite para ilustrar esa forma de ser es aparentemente sencilla. A pesar de los cargos que había ocupado y de la autoridad que representaba, Ramiro Valdés nunca daba órdenes de manera brusca. Se acercaba y preguntaba: “Alexander, ¿usted cree que me puede hacer el favor?”.
Pequeños gestos que terminaron construyendo una relación basada en el respeto mutuo.
Con los años también estrechó lazos con la familia del comandante. Recuerda especialmente a Alicia, la esposa del Comandante Ramiro, con quien mantiene contacto hasta hoy. Las conversaciones, las preocupaciones por la familia y las muestras de afecto fueron creando un vínculo que trascendió la relación laboral.
“Siempre me preguntaban cuándo iba a visitar a mi familia en Guantánamo. Había una preocupación genuina por uno”.
Entre los recuerdos que guarda de aquella etapa hay uno que sobresale por encima de todos.
“Tuve el honor de que por estas manos pasaran los restos del Che”.
La frase la pronuncia despacio, consciente del peso histórico que encierra.
Aunque no participó en la misión que localizó los restos de Ernesto Che Guevara en Bolivia, sí formó parte del operativo que los recibió en Cuba. Recuerda la tensión, el silencio y la solemnidad de aquellas horas.
El avión aterrizó en el aeropuerto de Baracoa. Las cámaras de la televisión cubana transmitían el momento mientras los integrantes de la comitiva descendían de la aeronave. Allí estaba Ramiro Valdés. Allí estaba también Alexander.
Los restos fueron trasladados posteriormente al Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y luego continuaron el recorrido que culminaría en Santa Clara, donde hoy descansan.
Décadas después, al mirar hacia atrás, Acosta no habla de cargos ni de responsabilidades políticas. Prefiere recordar momentos humanos.
Aun desde la distancia, continuó visitando a Ramiro siempre que podía viajar a La Habana. Uno de esos encuentros quedó marcado por la emoción. Ya la salud del comandante estaba deteriorada, refiere.
Fue una visita breve, pero suficiente para confirmar el afecto que había construido durante años.
Hoy, cuando intenta resumir la figura de Ramiro Valdés, no habla primero del vicepresidente, del ministro o del dirigente histórico. Habla del hombre.
Del jefe que trataba a todos con respeto. Del amigo que preguntaba por la familia. Del ser humano que, según él, nunca necesitó imponer autoridad para ser respetado.
Por eso, cada vez que alguien le pide una definición, vuelve a repetir la misma frase, como quien sabe que ninguna historia basta para contener tantas vivencias:
-Para hablar de Ramiro hay que sentarse.