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ViñetaHay padres que llegan antes que las palabras. Están ahí cuando el mundo todavía es una habitación pequeña y desconocida, cuando el equilibrio es una aventura y cada paso parece una conquista. Son los que sostienen las bicicletas por detrás y fingen no hacerlo, los que extienden una mano cuando aparece el primer tropiezo y celebran como una victoria personal cada logro ajeno.

Hay padres que tienen miedo. Miedo de no estar a la altura, de equivocarse, de no saber responder las preguntas difíciles. Padres que se acuestan con preocupaciones que nunca confiesan y que, aun así, al amanecer vuelven a intentarlo.

Hay padres que hablan mucho y padres que hablan poco. Los hay de consejos interminables, capaces de convertir cualquier trayecto en una lección de vida. Los hay silenciosos, hombres que parecen guardar las palabras en los bolsillos, pero que expresan afecto arreglando una puerta rota, acompañando una cita médica o preguntando si ya se llegó bien a casa.

Hay padres que saben querer con facilidad. Abrazan sin reservas, dicen "te quiero" con naturalidad, convierten el cariño en un idioma cotidiano.

Hay padres que no saben querer, o quizás, que nunca aprendieron. Hombres educados en tiempos donde la ternura parecía una debilidad y la sensibilidad se escondía detrás de gestos severos. Padres que sienten más de lo que logran expresar y no consiguen construir los puentes emocionales que sus hijos necesitan.

Hay padres que están presentes en cada acontecimiento importante, y padres que siempre parecen llegar tarde. Padres que recuerdan cumpleaños, graduaciones y fechas especiales. Padres que olvidan algunas de ellas, atrapados entre responsabilidades, ausencias o descuidos.

Hay padres que educan con paciencia y padres que educan con rigidez. Que escuchan antes de juzgar y que creen que la autoridad debe hablar más alto que el diálogo. Que corrigen con una mirada o convierten cada error en una conversación.

Hay padres jóvenes que crecen junto a sus hijos, y padres que llegan a la experiencia con el cabello encanecido y una colección de certezas y dudas acumuladas por los años.

Hay padres imperfectos. Muchísimos. Padres que se equivocan. Que pierden la paciencia. Que toman decisiones desacertadas. Que cargan heridas propias y, sin querer, dejan algunas marcas en quienes más aman.

Hay padres admirables. De esos que parecen capaces de multiplicarse para cumplir con todo. Que sostienen hogares enteros sobre sus hombros sin esperar reconocimientos. Que convierten el sacrificio en costumbre y la responsabilidad en una forma silenciosa de amor.

Sin embargo, entre todos los padres posibles —los presentes y los ausentes, los cariñosos y los torpes, los que supieron estar y los que apenas aprendieron cómo hacerlo— hay algo que permanece: el hecho irrepetible de haber compartido un origen.

Entre los millones de posibilidades que hicieron posible la existencia propia, entre todos los caminos que pudieron cruzarse y no se cruzaron, entre todas las combinaciones improbables que pudieron dar lugar a otra historia, el universo —o el destino— quiso que llegáramos al mundo a través de este padre y no de otro.

Con sus luces y sus sombras. Con sus virtudes y sus defectos. Con aquello que nos enseñó y con aquello que nos obligó a aprender por nuestra cuenta, porque, para bien o para mal, nadie atraviesa la vida sin llevar alguna huella –visible o imperceptible– de su padre.

No importa que el tiempo pueda añadir distancias, que los años acumulen silencios, ni que las circunstancias transformen los vínculos. La historia de un padre y su hijo permanece grabada más allá de la voluntad de sus protagonistas, pues ambos terminan habitando algo del otro: aquel instante remoto y decisivo en que una existencia comenzó ligada a la otra.