abrazo portadaEl abrazo es, quizás, el primer lenguaje que aprendemos, anterior a las palabras. Antes de entender un “te quiero”, comprendimos la seguridad de un cobijo, el círculo perfecto de unos brazos que nos sostenían contra el mundo.

Recuerdo los abrazos de la infancia: monumentales, que lo envolvían todo. Eran fortalezas contra los monstruos bajo la cama o ante el frío de la fiebre. Luego vinieron los abrazos “adolescentes”, torpes, cargados de un significado nuevo. Y después, los abrazos de la adultez. Esos que son resguardo en los días difíciles, silencios compartidos que dicen más que mil palabras.

El abrazo tras recibir una noticia dura y que contiene el temblor del momento; el de la felicitación, que celebra un triunfo ajeno como propio; el de la despedida, que intenta retener en la memoria la textura de una presencia que se va… son tantos y tantos. Con ellos decimos “estoy aquí”, “te veo”, “no estás solo”. Es un acto que traduce la compasión en calor, la alegría en cercanía y el dolor en compañía.

Sin embargo, no en todas partes del planeta ese hábito tiene espacio. Existen culturas, sobre todo, en África, Asia y el mundo árabe, donde las muestras de afecto como esa no están bien vistas e, incluso, son penadas por la ley.

Es el caso de Catar, India, Nepal, Ja pón, Tailandia, Nigeria y Emiratos Árabes Unidos, por ejemplo. En algunos de ellos abrazarse en público, besarse y hasta darse la mano puede costar cárcel o deportación si se es extranjero.

En las regiones en que son permitidas, esas muestras de afectos son diferentes. Por ejemplo, los mediterráneos y los hispanoamericanos se abrazan muchísimo, con besos incluidos. Los ingleses también se dan abrazos para saludar y despedirse, y los alemanes se dan una especie de medio abrazo, pues solo usan un brazo. Los franceses, por otro lado, no lo hacen en público. Se saludan dándose dos besos en las mejillas o simplemente las juntan y dan dos besos al aire.

En Rusia los saludos entre desconocidos suelen ser “fríos”, pero los amigos muestran su afecto en público efusivamente, dándose abrazos con palmadas en la espalda y besos. Los finlandeses no llevan muy bien el contacto físico. De hecho, cuando están esperando el autobús dejan como mínimo un espacio de dos metros entre ellos. Así que para abrazar a alguien, se deben conocer muy bien.

Por regla general, abrazarse en público en Asia es de mala educación, se suele reservar para el ámbito privado. Para saludar se hacen distintos tipos de reverencia.

El abrazo en Cuba es muy singular. No por cotidiano es menos valorado. Indica cariño, respeto, empatía, confianza… es un acto cargado de significado cultural, un gesto cálido que saluda con la misma intensidad con la que se celebra un encuentro fortuito en la esquina, aun cuando pasen años de ausencia. Acompaña la alegría en una fiesta, sostiene el duelo en un velorio y afirma la confianza en un acuerdo.

No es de extrañar, entonces, que en eventos como en el Festival Internacional de Juventudes Artísticas Romerías de Mayo tenga lugar La fiesta de los abrazos, ritualizando lo que en el día a día es práctica vital.

Así, mientras el mapa mundial del afecto se pinta con matices diversos -desde la reserva nórdica hasta la exuberancia mediterránea-, Cuba inscribe su geografía como un símbolo de encuentro, una forma de preservar, en el círculo de los brazos, la esencia de lo humano. Porque quizás no recordemos las palabras exactas de un día cualquiera, pero sí la memoria de un abrazo, ese mapa invisible que nos salvó, que nos alegró, que nos sostuvo.

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