foto Contigo¡Hola, amigos de Contigo! Por estos días celebró su cumpleaños Roberto Peña Álvarez, estudiante de Periodismo, santiaguero por nacimiento y guantanamero de corazón, y cuando se trata de alguien que ama la poesía, la radio y el oficio de contar, el mejor regalo no puede ser otro que la palabra.

Hablar de poesía latinoamericana es, inevitablemente, hablar de Pablo Neruda. Nacido en 1904 en Parral, Chile, bajo el nombre de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, adoptó muy joven el seudónimo con el que el mundo lo conocería.

Fue diplomático, senador, exiliado, militante político y, sobre todo, un poeta de voz inmensa que atravesó el siglo XX con una obra que va desde la intimidad amorosa de Veinte poemas de amor y una canción desesperada hasta la épica histórica de Canto General. En 1971 recibió el Premio Nobel de Literatura, reconocimiento a una trayectoria que convirtió lo cotidiano, lo íntimo y lo colectivo en materia poética.

Entre sus textos menos citados, pero profundamente humanos, está un poema dedicado al cumpleaños de su hermana. No es un poema grandilocuente. Es, más bien, una confesión. En él, Neruda habla de la pobreza material, de la distancia, de las alegrías y los dolores que a veces no sabemos compartir con quienes más queremos.

Lo escribió para una hermana, sí. Pero el sentimiento que lo atraviesa —esa mezcla de ternura, honestidad y pudor emocional— puede dedicarse a cualquier ser querido. También a un amigo. También a un hombre. También a Roberto.

Hoy lo compartimos íntegro, tal como fue concebido, porque hay regalos que no necesitan envoltura.

Roberto, que este nuevo año te encuentre con el alma llena de risas, con preguntas que te empujen a escribir mejor, con historias que merezcan ser contadas. Que la poesía siga siendo tu refugio y la radio tu casa sonora. Y que, aunque el poema haya sido escrito para una hermana, hoy lo recibas como lo que es: un gesto de afecto sincero.

Hoy que es el cumpleaños de mi hermana, no tengo

nada que darle, nada. No tengo nada, hermana.

Todo lo que poseo siempre lo llevo lejos.

A veces hasta mi alma me parece lejana.

Pobre como una hoja amarilla de otoño

y cantor como un hilo de agua sobre una huerta:

los dolores, tú sabes cómo me caen todos

como al camino caen todas las hojas muertas.

Mis alegrías nunca las sabrás, hermanita,

y mi dolor es ése, no te las puedo dar:

vinieron como pájaros a posarse en mi vida,

una palabra dura las haría volar.

Pienso que también ellas me dejarán un día,

que me quedaré solo, como nunca lo estuve.

Tú lo sabes, hermana, la soledad me lleva

hacia el fin de la tierra como el viento a las nubes!

Pero para qué es esto de pensamientos tristes!

A ti menos que a nadie debe afligir mi voz!

Después de todo nada de esto que digo existe...

No vayas a contárselo a mi madre, por Dios!

Uno no sabe cómo va hilvanando mentiras,

y uno dice por ellas, y ellas hablan por uno.

Piensa que tengo el alma toda llena de risas,

y no te engañarás, hermana, te lo juro.

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