El otro día me encontré un montón de fotografías tiradas junto a un basurero. Estaban envueltas en naylon roto y el viento jugaba a repartir recuerdos que ya nadie parecía querer.
Las fotos eran en blanco y negro, con los bordes gastados. En una, un grupo de niños soplaba las velas de un pastel; en otra, una pareja se miraba como lo hacen los recién casados. Más atrás, un bebé dormía envuelto en una manta.
Estuve un rato ahí, sin saber bien por qué. No era curiosidad, era algo más. Una sensación de pérdida en el aire, una especie de duelo anónimo. Alguien había tirado su historia, o la historia de alguien más.
La casa más cercana tenía la puerta entreabierta, cajas apiladas, un cartel que decía Se vende. Quizás una mudanza, pensé. O quizás una muerte reciente, de esas que obligan a otros a decidir qué se queda y qué se va. Es posible que nadie supiera quiénes eran las personas de esas fotos. Tal vez ya no quedaba nadie que las recordara.
Seguí caminando, pero algo se me quedó atascado en el pecho. Me di cuenta de que eso, esas imágenes abandonadas, era más que una anécdota. Era una metáfora.
Las fotos me hicieron pensar en eso: en lo fácil que resulta olvidar que venimos de algo, de alguien. Que cada generación levanta su presente sobre los restos del ayer, y que cuando cortamos ese hilo, perdemos el sentido de pertenencia.
Una sociedad que no recuerda termina repitiendo sus errores, reinventando su identidad cada vez que le conviene. Y así, se vuelve frágil. Sin raíces, sin historia, sin rumbo.
Si no sabemos de dónde venimos, no podremos entender quiénes somos. Y sin saber quiénes somos, cualquier camino parece servir. Pero no es así. El olvido tiene un precio: la desmemoria nos vuelve livianos, desarraigados, incapaces de mirar más allá del instante.
Mientras pensaba en eso, el viento levantó una de las fotos y la hizo flotar calle abajo. La vi alejarse, girando sobre sí misma, hasta que se perdió en la esquina. Y sentí que, de algún modo, aquella imagen fugitiva era también el símbolo de un país que a veces deja escapar su historia sin darse cuenta.




