La historia de la humanidad ha demostrado que en la ideología de todos los opresores de pueblos ocupan un lugar de primer orden las teorías sobre la desigualdad natural de los hombres. Así, abundan las concepciones ultrarreaccionarias que consideran superiores a determinadas clases sociales, razas o naciones (aquellas a que pertenecen los opresores), y que ven en ellas a las únicas depositarias de la civilización.
Los imperialistas norteamericanos, como es conocido, no constituyen una excepción. Uno de los pilares en que se asentó fundamentalmente la formación de los grandes capitales en Estados Unidos, fue el bárbaro despojo de los indios que condujo prácticamente a su aniquilamiento y la esclavitud de los negros. Y al pasar el capitalismo en ese país a su fase imperialista, los monopolios acumulan gigantescas superganancias con el saqueo de las colonias, semicolonias y países dependientes en general.
Para justificar ideológicamente esa explotación y opresión de la América nuestra, los colonialistas yanquis han utilizado, entre otros argumentos, el de la inferioridad supuesta de los pueblos latinos, el de su incapacidad para gobernarse, así como el de la misión civilizadora que estaba llamada a cumplir la poderosa nación norteña.
Una de las primeras manifestaciones, clara y cínica, de esas ideas reaccionarias de la gran burguesía norteamericana en relación con nuestro país, es el artículo ¿Queremos a Cuba?, publicado en marzo de 1889 por el periódico The Manufacturer, de Filadelfia, que provocó la respuesta rápida y vigorosa de José Martí. Dicha respuesta se produjo a través de una carta que vio la luz, hace ahora 90 años, bajo el título de Vindicación de Cuba.
The Manufacturer, vocero de prominentes magnates del Partido Republicano, y representante de la política expansionista y agresiva del imperialismo yanqui, reconoce las ventajas económicas, políticas, etc. que tendría para EE. UU. la anexión de Cuba, entonces tema de discusión en las esferas gubernamentales. Pero rechaza tajantemente la idea anexionista, no por razones de respeto a la libre determinación de un pueblo, sino aduciendo argumentos que muestran la soberbia y el engreimiento de los sectores que representa, su ignorancia supina y su desprecio hacia las naciones latinoamericanas.
El diario divide la población de Cuba en tres clases: españoles, cubanos de ascendencia española y negros. Y, después de achacar indiscriminadamente a todos los hijos de España las peores cualidades inherentes a los colonialistas españoles, denigra a los cubanos blancos de esta forma:
A los defectos de los hombres de la raza paterna, unen el afeminamiento, y una aversión a todo esfuerzo que llega verdaderamente a la enfermedad. No se saben valer, son perezosos, de moral deficiente, e incapaces por la naturaleza y la experiencia para cumplir con las obligaciones de la ciudadanía en una república grande y libre. Su falta de fuerza viril y de respeto propio está demostrada por la indolencia con que por tanto tiempo se han sometido a la opresión española; y sus mismas tentativas de rebelión han sido tan lastimosamente ineficaces que se levantan poco de la dignidad de una farsa.
Y agrega: En cuanto a los negros cubanos, están claramente al nivel de la barbarie. El negro más degradado de Georgia está mejor preparado para la Presidencia que el negro común de Cuba para la ciudadanía americana.
Ante el cuadro que pinta, la única salida posible para The Manufacturer es la de americanizar por completo a Cuba, cubriéndola, dice, con gente de nuestra raza. Lo que sugería, en la práctica, la extinción de los pobladores de la Isla.
La respuesta de Martí no se hizo esperar. Pasados solo nueve días del artículo en cuestión, y cuatro días después de ser comentado con aprobación por el diario newyorkino The Evening Post (vocero de la política liberal), Martí desenmascara y condena tanto las gestiones anexionistas de ciertos círculos cubanos y norteamericanos, como las vituperables concepciones discriminatorias de la élite yanqui.
Ya desde varios años antes, la pupila martiana se había percatado de esa altanería y desdén del Norte hacia los pueblos del sur de Río Grande. Así, en carta de mayo de 1886 a Ricardo Rodríguez Otero, al combatir indignado los rumores anexionistas, expresa que jamás fue Cuba para EE. UU. otra cosa que posesión apetecible, sin más inconveniente que sus pobladores, que tienen por gente levantisca, floja y desdeñable.
Y ahora, en 1889, observa con justeza que, tanto los voceros de la política agresiva como los de la liberal, coinciden en desfigurar calumniosamente las cualidades del pueblo cubano, y que ni a uno ni a otro les preocupa en lo más mínimo, al analizar el problema, el derecho elemental e inalienable del pueblo cubano a tener un gobierno libre aspiración legítima avalada además por suficientes méritos históricos, y a decidir por sí mismo lo más conveniente al desarrollo del país y a la felicidad de sus hijos.
Rebate las calumniosas imputaciones de falta de fuerza viril, mostrando el heroísmo y decisión de los cubanos en la lucha contra sus opresores españoles. Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo afirma supieron levantarse en un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, y morir..., de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta.
Destruye Martí la acusación de que los cubanos son perezosos y que no se saben valer, señalando la admiración y el respeto que dio a los emigrados revolucionarios en los propios EE. UU. su vida laboriosa, honesta y sacrificada; el hecho de haber sabido vencer los inmensos obstáculos del idioma, el clima, la ausencia de recursos y la indiferencia de una nación que se autotitulaba emporio de la libertad y que no dijo una palabra ni tendió una mano para ayudar a los que peleaban y morían precisamente por la libertad en la isla cercana.
Y ofrece ejemplos relevantes de la inmensa gloria que dieron a Cuba muchos de sus hijos, en todas las esferas de la vida, como confirmación de aquella patriótica previsión martiana: Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter.
No caben dudas de que las ideas de Vindicación de Cuba están en la base del sano orgullo nacional de nuestro pueblo, de sus más hermosas tradiciones patrióticas y revolucionarias. Ellas constituyeron bandera de lucha de los combatientes por la libertad, la democracia, el progreso social y el socialismo durante la república mediatizada, frente a las intervenciones, humillaciones e insolencias del vecino pujante y codicioso, y frente al sometimiento vergonzoso de otros cubanos representantes de la oligarquía proimperialista de la Isla o aspirantes a serlo que nunca tuvieron el sentido de la dignidad nacional y que entregaron su alma, junto con las riquezas de la patria, a los romanos de este continente.
Pero al fin la historia, juez excepcional y definitivo, dio absolutamente la razón a nuestro más alto héroe nacional y a los que jamás arriaron su bandera. Estos cubanos, blancos y negros, que los imperialistas yanquis motejaron como seres inferiores, que llevaron sobre sus espaldas el peso de cuatro siglos y medio de colonialismo y neocolonialismo, opresión y subdesarrollo, han sido capaces de sacudir tan onerosa carga en un lapso histórico sumamente breve, y abatir el yugo de sus opresores nacionales y extranjeros, particularmente el de los neocolonialistas yanquis, que son, por paradoja, los que han alimentado en su tierra el clima de ignorancia, incapacidad y putrefacción moral que atribuyeron falsamente a los hijos de Cuba.
Estos cubanos, pusilánimes y de escasa moral según la plutocracia americana, han sido capaces de organizar y conducir a la victoria a la primera revolución socialista de este continente, y marchan con paso seguro hacia la sociedad más justa y avanzada que ha conocido la historia humana.
Ningún homenaje mejor a José Martí en este aniversario de Vindicación de Cuba, que el desarrollo irreversible de esta gloriosa revolución que no solo ha hecho buena la confianza depositada por nuestro insigne forjador en las reservas morales de su pueblo, sino que constituye igualmente la vindicación de la gran patria latinoamericana, de todos los pueblos sojuzgados y preteridos por el imperialismo en el mundo entero.
Tomado de GRANMA




