La Cruzada se quedó en Manuel Tames. Y cuando la cruzada se queda, deja más que funciones y aplausos; deja huellas, voces mezcladas, noches largas y silencios que también cuentan.
Durante su estadía en el municipio fue tejiendo un mapa sensible de encuentros que fue más allá del acto cultural. En comunidades como Jamaica, Honduras y otros asentamientos rurales, el arte se convirtió en un suceso cotidiano, casi doméstico.
Los públicos infantiles, curiosos, ruidosos…recibieron cada presentación como si se tratara de un hecho raro y precioso, de esos que no se repiten todos los días.
Niños sentados en el suelo, miradas abiertas, risas que interrumpen la escena y expresiones que llegan sin pedir permiso. Allí, la Cruzada recordó su razón primera: ir donde solo ella puede y quedarse, quedarse el tiempo suficiente para que lo hecho deje de ser visita y empiece a ser familiar. Pero es en la noche donde ocurre la magia mayor.
Tras las jornadas de trabajo, cuando el cansancio aflojaba los cuerpos y la falta de fluido eléctrico imponía su silencio, los cruzados se reunen para una descarga nocturna, íntima, sin escenario ni protocolos.
Sonaron canciones de Silvio Rodríguez, temas de Fidel Díaz Castro, poemas, guitarras compartidas y voces que no buscaban perfección, sino el placer de estar ahí. Cada canción era también una historia: de dónde viene la inspiración, de cada tonada de la ronca voz del trovador, y entre los versos afloraron preguntas de por qué seguir, pese a todo haciendo arte, de qué nos sostiene o la sostiene a ella…la Cruzada.
Entre acordes y anécdotas, se comparten experiencias, de aquella u otra cruzada, de otros caminos, noches parecidas. El arte deja entonces de ser oficio para convertirse en refugio. Y en ese intercambio, Manuel Tames deja de ser un punto en el mapa para transformarse en un lugar de añorado reencuentro.
La Cruzada avanza, como siempre lo hace. Pero algo deja suspendido en el aire del municipio que despide: la certeza de que, por unos días, la cultura no fue solo cuestión de eventos, sino de convivencia; no fue discurso, sino gesto, presencia…
Y ese detalle, aunque no siempre queda registrado, también es parte de la historia, la extraordinaria historia de la Cruzada.




