¿Qué creerían si dijera que una de las mejores formas de divulgación de ideas cercanas al marxismo, en el cine, se realizó en Estados Unidos? No solo eso, sino que fue distribuida por Walt Disney Pictures y realizada por Pixar Animation Studios. La película en cuestión es nada más y nada menos que Monsters, Inc., un filme animado que sigue, hasta hoy, entre los preferidos de varias generaciones.
Dirigida por Pete Docter, la película aborda el día a día de dos amigos monstruosos que trabajan en una planta de energía basada en los sustos. La situación se tuerce cuando, tras la aparición de una niña humana llamada Boo, viven una serie de eventos que terminarán por ponerlos en situaciones complejas en las que deberán ser ingeniosos y cuidadosos para salir adelante.
La propuesta, veinticinco años después de su estreno, sigue gustando a públicos de todas las edades. Sullivan y Mike, los protagonistas, viven en una ciudad que experimenta inestabilidad en el suministro energético y su recorrido los lleva a descubrir una nueva forma de producir energía.
Pero la guinda está en Boo, la niña que, sin saberlo, se cuela en el mundo de los monstruos que habitan debajo de la cama. Allí los niños son vistos como una amenaza: son tóxicos, peligrosos y, al mismo tiempo, constituyen la materia prima indispensable para generar la energía que sostiene a toda la sociedad.
Finalmente, Boo logra transformar la sociedad de los monstruos. No completamente, pero sí lo suficiente como para abrir un espacio de reinterpretación de elementos que parecían invariables.
La puesta en escena del filme constituye una experiencia visual particularmente interesante. Al hablar de monstruos uno pensaría en criaturas deformes destinadas a provocar terror. Sin embargo, al tratarse de una película infantil, el equipo creativo logró equilibrar la ferocidad de los personajes con la ternura necesaria para conectar con el público más joven.
Desde el diseño de personajes pueden extraerse rasgos muy particulares. Mike Wazowski, el más analítico y reflexivo del dúo, aparece representado por una gran cabeza verde de un solo ojo y extremidades delgadas. Además, es el auténtico "casanova" de la historia. James P. Sullivan, por su parte, posee una apariencia más cercana a la de un enorme oso azul cubierto de manchas púrpuras, acorde con su condición de principal asustador de la empresa.
Boo, la más adorable del grupo, está representada mediante colores cálidos, energía inagotable y un profundo miedo a la oscuridad. En contraste, la fábrica de sustos emplea una estética marcada por el metal, el brutalismo funcional y los colores fríos.
Hacia el final de la película, ese mismo espacio se transforma en un lugar mucho más colorido y acogedor. Merece especial atención el hecho de que el acceso al mundo de los niños se produzca mediante puertas conectadas a armarios y dormitorios, una de las imágenes más memorables del filme.
La cinta avanza con un ritmo constante y dinámico. Juega eficazmente con la atención infantil mediante personajes secundarios carismáticos, chistes recurrentes y una trama que introduce giros inesperados. Entre ellos destaca el conflicto que casi provoca la ruptura de la amistad entre Mike y Sullivan, elemento que añade una dimensión emocional adicional a la historia.
El guion consigue mezclar entretenimiento infantil con una serie de mensajes que inevitablemente son comprendidos de manera diferente por los adultos. De esta forma refuerza la naturaleza polisémica del arte y su capacidad para generar múltiples interpretaciones. Monsters, Inc. merece ser estudiada como un ejemplo notable de cómo abordar temas sociales complejos desde una perspectiva accesible para el público infantil.
Finalmente, considero que la cinta permite una lectura desde el marxismo clásico, aun cuando proviene del país que históricamente más se ha enfrentado a esta corriente de pensamiento. Un grupo de empresarios dirige una compañía, fetichiza un producto y, ante la amenaza de pérdidas económicas, está dispuesto a actuar sin escrúpulos para mantener el negocio. El cambio solo llega cuando quienes sostienen el sistema descubren nuevas formas de producir riqueza sin recurrir a prejuicios ni daños colaterales.
Unos dirán que es una lectura rebuscada. Tal vez lo sea. Sin embargo, Pixar ha construido buena parte de su filmografía sobre conflictos sociales, económicos y culturales que trascienden el entretenimiento infantil.
Por lo pronto, le invito a volver a ver Monsters, Inc. con más detenimiento. Observe sus monstruos, su fábrica, sus puertas y sus mecanismos de poder. Quizás descubra una película distinta a la que recordaba. O quizás no. En cualquier caso, disfrútela. Al final, para eso fue hecha. Porque, en definitiva, es cine.




