Nadie la enseñó. No aparece en ningún programa, no se anuncia, no se orienta en reuniones. Y, sin embargo, está en todas partes. Se aprende sola, como se aprenden las cosas que se repiten demasiado. Esperar.
Al principio incomoda. Es una inquietud en el cuerpo, una mirada constante al reloj, una pregunta que se repite: “¿Y esto para cuándo?”. La gente pregunta, insiste, vuelve. Hay una energía que empuja, una necesidad de que las cosas pasen.
Las respuestas comienzan a parecerse entre sí. “Hay que tener paciencia”. “Eso está en proceso”. “Pronto se resuelve”. Y poco a poco, algo cambia. Ya no se pregunta con la misma fuerza. Ya no se insiste igual. Ya no se espera de verdad: se aprende a convivir con la espera.
La espera empieza a ocupar espacio. En el hospital, se sienta en sillas plásticas alineadas contra la pared. Hay gente que mira el techo, otros el piso, otros simplemente se quedan quietos. El dolor -o la preocupación- aprende a quedarse sentado también. Nadie se levanta del todo, como si moverse pudiera hacer que todo demore más.
En la cola, la espera se vuelve multitud. Cuerpos alineados, bolsas en la mano, conversaciones cortas que se repiten cada día. “Hoy sí llega”, “dicen que trajeron”, “vamos a ver”. Pero el tiempo no avanza en línea recta: se estanca, retrocede, se vuelve circular.
Y en todos esos lugares pasa lo mismo. El tiempo se detiene -no de forma visible- sino como algo que se espesa, que se vuelve lento, pesado, como si el día tuviera más horas de las que puede soportar.
Afuera, la vida se organiza alrededor de esa lógica invisible. Se hacen planes que dependen de algo que no llega. Se posponen decisiones. Se ajustan expectativas. Se espera.
Y en esa espera, silenciosa, constante, se va formando una costumbre: la más peligrosa de todas, porque la costumbre no duele como al principio. La costumbre acomoda.
Hace que lo excepcional parezca normal. Que lo urgente pierda fuerza. Que lo que debería resolverse se vuelva paisaje. Y entonces ocurre algo más.
Deja de parecer problema. Nadie dice en voz alta que está bien, pero tampoco se rompe el ciclo. La espera deja de ser cuestionada y empieza a ser asumida, casi como una condición inevitable.
Y no lo es. No debería serlo.
Mientras se espera, el tiempo pasa igual. Las necesidades no se detienen. Los problemas no se disuelven. Lo que se aplaza hoy, pesa mañana.
Romper esa costumbre no es fácil. Implica volver a incomodarse. Volver a preguntar. Volver a exigir respuestas que no se diluyan en palabras. Implica no aceptar la espera como destino.
Porque hay esperas que acompañan, que son necesarias, pero hay otras -demasiadas- que solo existen porque nadie las interrumpe. Y esas son las que más daño hacen.
Tal vez el primer paso sea ese: darse cuenta de que esperar no puede ser la respuesta, que no siempre lo ha sido y no debería seguir siéndolo.




