En las alas de un sueñoFidel aprieta sus manos, acaso para contener la emoción. El gesto de Raúl es un volcán de optimismo. Miran los dos, como sacudidos por súbita descarga de amor. Sus ojos son de labriegos ante el semillero que, desaforado, crece.

“Sueño nuestro, de Cuba”. Algo así parece advertir el barbudo que entrelaza las manos desde una de las dos instantáneas colocadas en paralelo en lo alto, ante el auditorio. En la otra aparece su hermano de sangre y desvelos.

De un instante fugaz de dos vidas inmensas, ha querido dejar testimonio el lente. Pero algo se antoja enigmático en esas miradas: no parecen venir de un cuadro en una pared, ni ancladas en el calendario de ayer. Son como luces premonitorias.

Vienen de otro tiempo, como de algo soñado. Se detienen aquí para ver a La Colmenita guantanamera -ese enjambre infantil de princesas y reyecillos, simientes de una abeja reina llamada Cuba.

El sueño que de alguna manera habitó la mente de Fidel y Raúl, el que perfiló virtudes, razones y desvelos de un país por sus “pinos nuevos”, otra vez enaltecía, evocador, la memoria de abril, al tiempo que a la esperanza le añadía alas y raíz.

La Colmenita derrochó arte y contagió de alegría con pespuntes de amor, desbordada en el escenario. Tercos retoños. Terquedad dichosa del pueblo dueño de tal patrimonio, escudo humano y espiritual contra el poder foráneo que intenta prohibirle hasta la sonrisa.

“¡Enjambre” nuestro contra la sentencia de “cero felicidad”, dictado del criminal de enfrente con efectos más dañinos que el de las Diez Plagas de Egipto, aquellas esparcidas por la arrogancia de otro matón para, según la Biblia, imponer sus designios.

Pero aquí las cosas han sido de otra manera. Lo sabían de antemano los dos que sonríen mientras sus ojos acarician la semilla de humanidad plantada por ellos.

En el reverso de esa radiante expresión de Fidel y Raúl debe estar, incontenible, la rabia siniestra de quienes, con plagas más crueles que las vertidas sobre el país de las pirámides misteriosas, derraman sufrimiento y angustias sobre esta tierra desobediente.

¿Cómo puede ser? ¿Qué fuerza lo hace posible pese a la hostilidad, 65 años después que el mundo escuchara por vez primera -dicho desde una esquina en La Habana- el nombre del proyecto de igualdad y justicia social emprendido por este país: Socialismo?

Ya en esa fecha, las fauces de quienes vierten plagas… oteaban las arenas de una playa al sur del occidente cubano; Girón iba a ser el escenario primero de un golpe que el agresor calculó como definitivo.

De acuerdo con sus matemáticas iniciales, en esto predios hace muchos años que los azotes humanicidas habrían restablecido la posesión del Satanás anti-Cuba.

La Isla a la que encarna un infantil enjambre de sueños lleva más de seis décadas y media bajo las “plagas del “norte revuelto y brutal”; se supone por ello, que hoy debiera ser una desierto sometido y prostituido, en el que no tendría espacio una Colmenita.

Pero -¡insólito!-, han pasado más de seis décadas y resulta que ahora, cuando el aullido tenebroso de la fiera envalentonada suena más cruel, estalla, del sentenciado, ese alboroto feliz traído por un enjambre infantil, con canciones que le ponen alas a la esperanza.

Cantos de este suelo, de este mar, de este cielo. Cantos que hablan del tocororo y la palma real, de una guayabera en el interior de la piel, y también del valor: yo no temo a lo que venga….

Afinadas emanaciones de gratitud y lealtad sin grietas: gracias por la flor y por el amor… somos tu sueño. Con esa tierna algarabía                        -instintivo juramento a los dos que desde su altura la animan-, emana contagiosa y renovadora la invitación a conquistar el futuro.

Ninguna plaga dura cien años cuando hay un pueblo que la resiste. Y aunque no le agrade al mandamás retorcido en su maleficio, el enjambre de Cuba se lo repite: he de cantar, he de seguir, he de soñar y sonreír. Aunque el mundo cambie de color, yo estoy aquí.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

feed-image RSS