Por mi casa venden ropa. De esas que están ahí desde siempre, como parte del paisaje: el mismo perchero, los mismos colores, la misma ropa que parece no enterarse de que el tiempo pasa. Entre todas esas prendas hay, hace tiempo, una saya de mezclilla. Bella. De esas que uno mira una vez… y ya está perdido. Yo la veía hace unos años y siempre pensaba lo mismo: “después”.
En el Pre, ese “después” tenía una lógica bastante clara. No había dinero propio, había que pensarlo dos veces, y pedirlo tres. Y además, siempre aparecía algo más urgente en la escala emocional del momento: un dulce, una salida, cualquier cosa que en ese instante parecía más importante que una saya que llevaba meses esperándome. La saya seguía ahí. Yo no. O sea, sí estaba…, pero no era la misma. Pasó el tiempo y empecé a trabajar. Empecé a tener mi propio dinero.
Empecé a tener, en teoría, la libertad de comprarme todo lo que antes quedaba en la categoría de “después”. Y aún así… la saya seguía ahí. Como si nada. Solo que ahora el problema era otro: yo ya no era la misma.
La miraba y había una especie de ironía silenciosa en todo eso. La saya seguía siendo hermosa, pero ya no era mía. O no en el mismo sentido. Había cambiado el cuerpo, las medidas, la etapa, incluso, la forma de verme a mí misma frente a un espejo.
Pero la saya no lo sabía. Seguía en su lugar, como si el tiempo fuera algo que solo me pasaba a mí.
A veces me da risa pensarlo, porque hay algo casi absurdo en cómo uno cree que “después” es un lugar seguro. Que las cosas van a seguir ahí, quietas, esperando a que por fin uno se decida. Como si la vida fuera una tienda con inventario infinito de oportunidades idénticas.
Pero no. Las cosas no esperan. Ni la ropa. Ni los cuerpos. Ni los momentos. Y ahí está la parte medio cómica del asunto: yo ya trabajo, ya puedo comprarla… pero ahora la saya y yo vivimos en dimensiones distintas de la misma historia.
Ella sigue perfecta. Yo sigo llegando tarde. Y no es solo la saya.
Es todo eso que uno va posponiendo con la excusa elegante del “después”, como si el tiempo fuera un armario donde las cosas se guardan sin envejecer. Pero el tiempo no guarda nada. Solo mueve.
Ahora cuando paso por ahí, la veo y a veces pienso que debería comprarla igual, aunque sea para cerrar el ciclo, aunque sea como un gesto simbólico de reconciliación con mi yo del pre. Y otras veces solo sigo caminando. Porque hay decisiones que uno no toma dos veces… aunque la ropa siga colgada en el mismo lugar, fingiendo que nada ha cambiado.
Y lo más gracioso de todo es que, probablemente, si la compro ahora… ya no sería la misma historia. Sería otra. Una donde el “después” por fin llegó. Pero un poco tarde para ser el mismo.




