Vuela y se posa, el olor a flor silvestre le atrajo y sin reparos detuvo el mover de sus alas mientras se alimenta. De lejos parece petrificada. No le importa el gentío que pasa con bullicio por los cercanos senderos que siguen la huella de la creatividad y talento del escultor Ángel Iñigo, el ya desaparecido creador del único Zoológico de Piedras del mundo, labor continuada por su hijo de igual nombre.

Simula ser parte de la planta. Sus bellas alas, joyas del arte más puro del mundo, el de la naturaleza, se mueven cada cierto tiempo como único símbolo de vida a simple vista; pero su camuflaje no logró ser efectivo. Ojos que buscaban belleza, que querían apreciar lo puro y especial, la descubrieron.

El flash de la cámara fotográfica la asusta y la obliga a dejar su labor y proseguir con agitación su recorrido en busca de otras flores, llevando en su frágil cuerpo restos de polen que caen sobre las plantas como llovizna polinizadora.

Desaparece tras el verdor de la vegetación, y yo sonrío, no la distingo, se me fue, pero ya la atrape con el lente y es ahora un recuerdo perenne, una muestra más de la magia que hace única la naturaleza de mi Guantánamo.

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