haiti montañasFotos: Lorenzo Crespo Silveira

Las carreteras de Maisí, municipio extremo oriental de Cuba, con sus lomas y curvas dinamitaban el viaje de regreso a la ciudad de Guantánamo.

Eran cerca de las 4 de la tarde, y ya habíamos bajado varios de los niveles de la formación de terraza marina de ese cafetalero territorio. El carro raudo y veloz devoraba el pavimento y sorteaba los baches “casi salvajes” que no dejaban acomodarse en ningún momento.

De pronto, al filo de una curva, sobre el horizonte marítimo una mole neblinosa de tierra se dibujó para rápidamente desaparecer tras el verde follaje del entonces monte vivo y tupido de ese apartado de las serranías guantanameras.

-Viste eso Lorenzo, ¿será Haití?- dije con ímpetu al fotógrafo, a sabiendas por referencia de los lugareños, que en ciertos horarios del día se ven las montañas del vecino país, solo separado de nosotros por 77 kilómetros de mar.

“Temprano en las mañanas casi siempre se ve,-alega el chofer, sin descuidar las manos del timón ni los ojos del camino y con la firmeza de quien los constantes viajes a la boca del caimán lo curten en conocimientos de la zona- y por las noches hasta aparecen algunas lucecitas, pero ahora el sol es muy fuerte. Más adelante vamos a ver si tenemos suerte cuando aparezca un claro.

Víctor, viejo periodista a quien pocas cosas le sorprenden, ni se inmutó por el reto. Mientras, Lorenzo por si las moscas, ajustaba su cámara fotográfica y ponía cara de quien estaba a punto de descubrir el agua fría.

Después de minutos de espera, en medio de una intimidante loma casi bajando rumbo a Punta de Caleta, se abrió un claro y entonces el extenso paisaje marino mostró su azul, y allá, al final, unas tenues siluetas montañosas nos mostraban al pobre y hermano país haitiano, de donde salieron parte de nuestros ancestros y cultura.

haiti montañas2Fotos: Lorenzo Crespo Silveira

-¡Tierra a la vista!- grité sin abrir los labios y rápido vino a mí la imagen prediseñada por tanta lectura de los libros de Emilio Salgari, donde algún marino colonial, vigilante en el punto de observación del mástil de su velero, escudriñaba la línea divisoria entre agua y cielo buscando sus secretos, y de pronto, abriendo los ojos como “pescado”, solo atinaba a alzar los brazos y luego bajar gritando hacia el resto de la tripulación que como hormigas saltaban de alegría por todo el barco preparando los útiles para el desembarco.

En la proa, un grumete medio borracho caía al agua, y todos reían mientras le ayudaban porque sabían cercana la posibilidad de alimentos, agua, baño abundante y sexo, casi olvidados sobre aquella prisión de madera flotante.

El carro paró en medio de la curva y todos nos precipitamos fuera, y con emoción impregnamos en la memoria aquella sorpresa que se alzaba tras las bambalinas del horizonte. Lorenzo, mejor equipado, la congeló en imágenes.

Era la primera vez que podía, aunque de lejos, ver el contorno de la geografía de otra nación y confirmar con ojos propios que tras el mar hay otras tierras, igualmente llenas de vida, muerte, esperanza, inconformidad, batallas vencidas o por librar, retos, logros, errores, rectificaciones y felicidad.

Tras unos minutos embelesados por la visión retornamos al vehículo para continuar el camino a la urbe del Guaso y partimos. Atrás quedaría el Haití lejano y al mismo tiempo tan cercano, pero ya sabía que tendría otras oportunidades para tenar la suerte y que la madre natura me dejara nuevamente gritar ¡Tierra a la vista!

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