1 A padre e hijoLos padres no son perfectos, incluso los mejores, al menos perfectos según las madres. A menudo no se entienden con los peines y los lazos, y quieren que sus varones sean donjuanes tempraneros mientras aspiran a que nadie les toque a sus niñas.

Hay poco que hacer con sus arranques, con su tosquedad, sus despistes, sus obsesiones, sus extremos de blanco y negro, sus manías de ser los buenos de la historia mientras, a las mamás, se nos dejan los peores papeles. Solo quererlos como son.

Porque justo ahí, donde nosotras nos exacerbamos, está la belleza de los padres, de los nuestros, de los que escogimos para nuestros hijos, y los muchos que vendrán después.

Ellos, tan dados a las herramientas, irán moldeando su amor con cinceles y trinchas. Fijando lo necesario y tirando a la basura lo superfluo: tenemos que entenderlos, la primera vez con sus hijos es precisamente eso, la primera vez. Sin la previa de nueve meses que nos da a las mujeres, por mucho, la ventaja.

Si somos justas, a ellos les ha tocado la peor parte, sino del embarazo, de nosotras: esos nueve meses de neurosis y de antojos a los que sobreviven de milagro en espera de esos pequeños seres desdentados y gritones con quienes comparten sangre y lazos tan invisibles como infranqueables.

No hay momento más hermoso que aquel en que un hombre ve por primera vez la cara de su hijo. Ese instante, esa primera cargada que si se pone de suerte puede perder la "r", es un poema por escribir.

Porque si somos todavía más justas, nunca les hemos hecho toda la justicia que merecen, y que valgan todas las redundancias. No les hemos escrito lo suficiente, cantado lo suficiente, regalado lo suficiente.

Si el que nos tocó es malo, es malo. Si es regular, podría ser mejor, y si es bueno, de esos que pasan las noches bajando fiebres, y convierten los domingos en fiesta, esos que escuchan y acunan, que son compañeros y amigos en todos los idiomas, decimos que actúan como si fueran madres.

No son perfectos los padres, aunque los hay más perfectos que otros. Los conozco, a unos y a otros. Los he sufrido y los he vivido, también de los dos extremos.

Aunque no hay estadísticas al respecto, estoy casi segura que los buenos son mayoría. Como Facundo Cabral, creo que el bien es siempre más frecuente que su opuesto, aunque los malos sean notables y nos confundan. "Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye hay millones de caricias que alimentan la vida", dijo el poeta y yo lo extrapolo.

Incluso si fueran los menos, esos pocos serían dignos de ser cantados. No hay nada comparable a un padre bueno. Yo diría, rompiéndome la cabeza que son paraguas, almohada, confidencia, sal, calma, empatía, protección, fuerza que se trasmuta en abrazo, luz.

Los mejores padres son como los amores de verdad y los buenos amigos. Los encuentras en los sitios más duros: en los hospitales y en las esperas, en los deberes y en los insomnios.

No hay uno parecido al otro. Y esa es la riqueza. Quién dijo que tienen que ser uno solo. Que sean muchos, diferentes, variados, variopintos, siempre que cumplan el sagrado deber de la permanencia. Que estén, que sean.

¡Felicidades Papá!

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