jose marti estatua parqueFoto: Leonel Escalona Furones

Dónde buscarte, Martí. Cómo buscarte, a qué horas, de qué manera es posible requerirte, qué ceremonia, gesto será preciso.

Marchamos hoy. Las antorchas relampaguearán con sus luces de fuego vivo, arderán calle abajo por todas las ciudades, empinadas sobre cabezas, hombros, deseos, amores, para celebrar tu nacimiento, aquel primigenio de Leonor, porque sé que naciste muchas veces, emergiste del presidio, del destierro, del amor y del odio, del recelo de los grandes y la vilezas de los pequeños.

Y yo me pregunto si vas en esa marcha, con nosotros, si vienes con tu pluma a sentirnos las esencias y contar luego, a descubrirnos las bellezas, los errores, las grietas en los templos, los mercaderes.

Sería sencillo decir que marchas, que es suficiente el cartel, tu mirada inmóvil desde un cuadro…, que vas en nuestros corazones, en  nuestras cabezas, pero quién dice que eres tú y no la imagen que cada cual se hace de tu vida, quizás por desconocimiento, quizás emparentados a conveniencia más que a semejanza.

Porque ser como tú solo puede cumplirse a rajatabla, a contracorriente de lo que no sea libertad, soberanía, patria. Es cargar al machete con el pecho ofrecido, porque siempre hay enemigo al otro lado, no importa si viene arrebatado o se acerca, sutil y por espalda.  

Falta nos haces, Martí. Faltan tus ojos, que veían a lo lejos con la sabiduría de quien entiende el mundo en sus esencias, para mostrarnos el camino que nunca es fácil si el bien es para todos.  

Falta tu verbo encendido como las antorchas de esta noche, tu verbo construido con el cuidado del pebetero que guarda la llama buena, la luz en la oscuridad más enviciada. Tu coherencia, tu ética, tu delicado sacrificio.

Yo quiero verte, insisto. Quiero pensar que algo de ti marcha conmigo, con los muchachos de la edad de aquella que no pudiste amar, con esos que echan por puro gusto su suerte en nuestro suelo, con esos que llevan la coherencia en la sangre y los hechos, que no es hacer lo que hiciste en tus tiempos, sino lo que les corresponde en los suyos.

Quiero creer que estás en el que es capaz de no quedarse con la frase repetida, que no te usa como escudo impoluto sino como bandera ondeante,  en la inteligencia encendida, en la virtud que es a cualquier hora, en privado o en público, para ser aplaudida o apaleada. Y quiero creer, intuyo que son mayoría esos, los buenos.

A eso me aferro, a tu semilla, a que te las arreglaste para repartirte en la tierra, a que el mar que te besó los pies aquella noche de 1895 de alguna manera nos unge todavía, y que estás de verdad, que sobrevives en el alma de la nación, que lates en lo más profundo y sagrado del corazón de Cuba.  

Cierro los ojos entonces, y te veo, te siento, pero no es suficiente que lo imagine. Ven, Martí, marcha, que la luz te ilumine. Vuelve a nacer, camina, llama, convoca. Todo un país espera.

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