mujeres saludFoto: Leonel Escalona FuronesDicho en palabras de José Martí, es “… esta mujer cubana, tan bella, tan heroica, tan abnegada, flor para amar, estrella para mirar, coraza para resistir”.

Bajo el sol, de casa en casa atendiendo a los pacientes, con la minuciosidad de los cuidados intensivos, en el rigor de las condiciones de campaña, en zonas de desastre en Pakistán o Ecuador, ha estado su mano amiga. Ellas, siempre ellas, las que no siempre captan las cámaras, las que a veces olvidan los reconocimientos…

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Noemí Sierra Martínez llega a su trabajo poco antes de las siete de la mañana. Prepara el instrumental, hace pasar a los pacientes.

Ella sabe que de su diagnóstico depende la conducta médica y el tratamiento a indicar. El Laboratorio Clínico es, afirma, “uno de los ejes centrales del sistema de salud”.

Lleva 31 años como trabajadora del policlínico Gilberto Isalgué González, el más importante de La Yaya, en el municipio de Niceto Pérez, y según dice le quedan muchos más.

Ya pasaron, en definitiva, los tiempos en que sus hijos estaban pequeños, que es lo mismo que tener la mente en varios sitios a la vez.

“No me daba tiempo a casi nada –recuerda- hacía guardias de 24 horas y debía pasar cursos centros de salud en la cabecera provincial. Pero siempre he superado serena los obstáculos. Ahora todo es con más calma. La paciencia es mi mejor virtud”.

“En momentos difíciles siempre hubo amigos que apoyaron”, dice mientras rememora el tiempo de misión internacionalista en Venezuela, cuando su hija Neilín Quintana Sierra, recién graduada, iniciaba el complejo proceso de la vida laboral. “Son sacrificios que uno debe hacer”, insiste.

Sus manos tienen ya esa precisión que solo aporta la experiencia. Las madres la prefieren cuando toca realizar a recién nacidos un análisis sanguíneo. Debe ser que trasmite confianza, porque nunca desespera, persiste hasta que tiene un resultado. “Es gratificante –reconoce- saber que puedes ayudar a salvar un bebé”.

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Tres pisos arriba, el vapor que expide el local de esterilización indica que están en plena faena. En él, Moraima Mora Betancourt, encargada del área de fregado, deja listos todos los materiales demandados para la jornada.

Esta holguinera de nacimiento y yayera por amor, no encuentra placer mayor que hacer bien su trabajo, imprescindible para el funcionamiento del policlínico.

“Empecé como auxiliar de limpieza, área en que trabajé pocos años. Luego llegó un curso de esterilización y así comencé en este departamento”, narra Moraima.

“Pero durante la reducción de plantillas –como se le conoce al reordenamiento laboral, a raíz del proceso de actualización del modelo económico cubano- tuve que trabajar como custodio para no quedar disponible. Fueron días muy tristes, pues no me gustaba ese trabajo”.

Apenas un año transcurrió hasta que regresó a puesto. “Me volvió la sonrisa”, expresa mientras saluda a cuanto trabajador pasa enfrente de ella. Es jaranera y conversadora. Mora para aquí y para allá, la llaman todos. Su presencia es sinónimo de alegría.

“Por mis resultados laborales –comenta- a través del Sindicato se me otorgó la posibilidad de construir mi casa, pues hasta ese momento vivía en una residencia multifamiliar. Ahora estoy tranquila con mis hijos, trabajo en lo que me gusta y me va bien”.

Esta mujer no espera grandes cosas, no cree tener cualidad alguna más que la de ser cubana, emancipada y trabajadora. Mientras, deja abierta una interrogante que no espera ni necesita respuesta alguna. “¿Qué mejor regalo me puede dar la vida?

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Al terminar duodécimo grado, le fue otorgada la Licenciatura en Matemática, pero la urgencia de empezar a trabajar la inclinó hacia la Enfermería. Había perdido a su madre desde los 15 años, y desde entonces asumió la crianza de su hermana 5 años menor, y fue apoyo para los otros ocho. Su padre se convirtió así en impulso y ánimo. A él agradece cuanto ha logrado hasta hoy.

Elizabeth Villalón Legrá, enfermera jefa del Cuerpo de Guardia del mayor centro asistencial de Niceto Pérez, acumula 28 años de experiencia profesional, domina protocolos y asume urgencias médicas. La prisa es su rutina de vida.

Consulta externa, cuerpo de guardia, cuidados intensivos, hogar materno y círculos infantiles, no importa el escenario, la fecha o el horario. “Corro siempre que por una emergencia llamen a mi puerta”, explica. Se sabe orgullosa de su labor como enfermera.

Durante su vida profesional –relata- una de las experiencias más difíciles fue la misión en Venezuela, donde además de la Unidad de Cuidados Intensivos formó parte del claustro de profesores de la Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM).

“Fue un gran reto. El sistema de vida y la atención médica es muy diferente. Todo es más rápido, más violento. Y duele ver que, después de asistir a un paciente y brindarle los primeros auxilios, no los recibían en las clínicas privadas por no tener seguros, o se demoraban en los hospitales públicos a punto de no poder salvarlos después”, explica.

“Son esos los momentos en que uno reconoce lo bueno de Cuba, aquí todo funciona en equipo. Médicos, enfermeras y personal técnico llegamos a convertirnos en una familia”.

El vaivén del Cuerpo de Guardia hace imposible extender la conversación. Chabela, como todos la conocen, tiene opinión obligada en los casos más complejos. Los médicos, en su mayoría jóvenes, confían en los criterios que emanan de su experiencia.

Más de 16 mil pobladores atiende el centro médico, incluidas comunidades intrincadas como Casimba y Ullao, o incluso pacientes procedentes de Costa Rica, perteneciente a El Salvador. No pocos habrán demandado sus esfuerzos. “Para eso estoy aquí, localizable”.

Hace 21 años se especializó como enfermera de emergencias y desde entonces, sabe que no hay para ella inercia o descanso. Desde septiembre de 1989 viste el uniforme blanco, identificativo del sistema de salud cubano. “Para eso me preparé, y es lo que amo”.

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