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Tiene, sospecho, menos de 16 años. Me lo confirma un grupo que llega a la zona wifi de la plaza polifuncional Pedro A Pérez, con uniforme todavía, inquietos mientras intercambian con la jovencita del teléfono chic los últimos acontecimientos del aula que, a todas luces, comparten en alguna de las secundarias de la ciudad de Guantánamo.

El grupo se va tras unos minutos ruidosos, y de nuevo son la chica y la pantalla. La pantalla y la chica quien, a salvo de interrupciones, mira con detenimiento el celular de protector rosado con chispas de colores y sonríe.

Facebook la ocupa. Facebook es, de hecho, una de las páginas más visitadas por los cubanos desde que se amplió el acceso público a la internet, a través de la plataforma Nauta, desde salas de navegación cerradas y abiertas, estas últimas por medio del wifi y por tanto las más extendidas y accesibles.

La imagen podría ser toda apacible: una jovencita y su teléfono en completa armonía, pero es más complicado, nos lo alertan miles de páginas en la propia internet anunciando los lados oscuros de las redes sociales, los recovecos de una internet que ha revolucionado todo, todo, sin exclusiones.

Simplificó, con sus bondades, la existencia de millones de personas que pueden gestionar su vida desde cualquier dispositivo conectado, y acercó distancias que antes parecían insalvables, pero también introdujo peligros, fraudes y abismos que hasta hace unos pocos años eran desconocidos.

Fenómeno relativamente nuevo en nuestra sociedad, la internet tiene su largo trecho de sombras demostradas y que han obligado incluso a modificar los códigos penales de varios países, para incluir los delitos asociados a la red de redes.

El primer peligro es el fácil acceso de nuestros hijos a contenidos no acordes a su edad, desde actos de violencia extrema hasta sexo en todas sus variantes. La oferta, en la Internet, es abundante y democrática: solo la palabra “sexo” tiene más de 490 millones de resultados en el motor de búsqueda Google.

Otras alertas, hablan de la posibilidad de que los menores sean víctimas de estafadores que los instigan a revelar datos personales, del ciberbulling como una práctica preocupante al punto de que una de las primeras posibles campañas de la primera dama de los Estados Unidos, Melania Trump, irá contra el acoso escolar cibernético, y del acoso sexual.

Otra práctica alarmante es la creación de perfiles falsos que se ponen en contacto con niñas y niños, para entablar conversaciones que pueden terminar concertando una peligrosa cita o en intercambios de fotos de contenido sexual que incluso pueden luego ser móvil para un chantaje.

Parecen cosas de otro mundo, lo sé, pero ese otro mundo, gracias a la Internet, cada vez está más cerca. La aldea global en todo su esplendor, donde lo local es universal a la vuelta de un clic, y donde las amenazas no tienen nombre, ni rostro, solo una IP que puede disfrazarse, camuflarse en el cada vez más complejo entramado de la internet. Cuba tomó las providencias que podía.

La política de Etecsa, desde el principio, restringió las cuentas permanentes y temporales a los mayores de 16 años, aunque en la práctica el uso de las 38 mil de las primeras y 100 mil de las segundas vendidas hasta ahora, se vaya de sus manos, manoseadas por “compartidores” de la wifi y la familia.

Algunas páginas, como Youtube -junto a Google punteras entre las preferencias de los cubanos y donde es posible encontrar contenidos de todo tipo con filtros mínimos-, exigen la constancia de una edad superior a los 18 años, pero es tan fácil defraudarlo, que es solo un trámite.

En general, es la falta de una ética lo que señorea en la revolución tecnológica que implica el universo de las tres doble uves, el World Wide Web (www) de nuestros sueños y pesadillas. Pero siempre quedará en nuestras manos, a fin de cuentas, internet es solo una herramienta.

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