alejandro hartman baracoaFoto: Lorenzo Crespo Silveira

Alejandro Hartmann Matos dibuja al aire cuando habla, como si quisiera trazar las palabras o, quizás enviarlas lejos, hacerlas trascender mientras recorren las calles sinuosas de la ciudad que lo vio nacer, a él y a su grandeza, o fundirse en el mar del Oceáno Atlántico justo a su espalda, a solo unos metros del Museo Matachín, de Baracoa.

Mucho hay de qué hablar. La conversación es larga.

A estas alturas, ¿Cómo te reconoces? ¿Quién eres?

Soy un luchador incansable, un hombre lleno de energía positiva, lleno de un amor extraordinariamente apasionado por la tierra que es Baracoa, mi ciudad primada. Un patriota de corazón, de espíritu, de alma.

Me encanta pasear por mis calles y saludar a mi gente. Las relaciones humanas para mí son importantísimas. Soñador, creo que siempre hay que soñar, es un elemento importante del ser humano.

¿Dónde y cuándo naciste?

Nací hace 70 años, el 30 de marzo de 1946 en Baracoa, en mi casa, donde mismo vivo ahora, en la cama donde nació mi padre y todos mis tíos.

¿En qué momento empezaste a sentir esas raíces halándote, acercándote a tu ciudad?

Soy un caso peculiar. Siendo un adolescente me fui para La Habana con mi abuela materna, la hermana y otra tía, pero ya yo amaba Baracoa. 

En La Habana, pasé el preuniversitario, y estudié Literatura y Español en el Instituto Pedagógico Enrique José Varona, pero regresé. Hacía muchos años, en 1939, que se había muerto el historiador Don Ernesto de las Cuevas, y yo sabía que había un vacío. En La Habana había tenido profesores que me ayudaron a conocer cómo se trabajaba en el archivo nacional, en la biblioteca.

Ellos, sabiendo que yo amaba a Baracoa y que más de una vez expresé mi deseo de aplicar aquí todo lo que me enseñaron, dejaron sobre mí la responsabilidad de hacer lo que ellos, desde la capital, no habían podido lograr.  

Y vine. Soñando. A veces me acusan de chovinista. No es que Baracoa sea la mejor, pero tiene sus peculiaridades, sus esencias, sus orígenes.

¿Qué enamora de esta tierra?

De la experiencia que tengo de los cientos de personas que he atendido, y han sido muchas, pues soy el segundo director de museo más antiguo de Cuba después de Eusebio Leal -me aclara; he llegado a la conclusión de que lo de Baracoa es magia, embrujo.

No es solo su naturaleza bravía, extraordinaria, peculiar, distintiva…, es también la gente, la hospitalidad, su manera de ser, su franca forma de recibir a quienes nos visitan. Baracoa es eso. Es, como dijera Cristóbal Colón en su diario, “la cosa más hermosa del mundo”. Yo creo que por su naturaleza pero también por su pueblo bello, hermoso.

¿Cuáles son los momentos que han marcado tu vida como historiador?

Una de las impresiones más importantes que he tenido en estas labores investigativas fue el viaje por el Caribe con Enrique Núñez Jiménez. Recorrer varias islas en canoa, a la intemperie, remar como lo hicieron los indios tainos varios siglos atrás, cuando poblaron las Antillas menores y mayores, fue extraordinario.

Otro hito en mi vida profesional fue cuando la Asamblea Municipal, años atrás, me nombró oficialmente Historiador de la Ciudad, una condición que ya me había dado el pueblo mucho antes del acto oficial.

El momento más bello, en lo personal, fue cuando nació mi hijo. Es lo más especial de mi vida. Alejandro Hartman, Junior, nació el 4 de noviembre de 1983.

¿Cuáles son tus historias predilectas. Cuáles quisieras recordar siempre, cuál crees que recoge a Baracoa, cuál quisieras rescatar?

Empezaría con algo que ha sido un prejuicio en la historiografía colonial, republicana y actual. Recorrería las montañas de Guantánamo, donde hay más de 4 mil Ramírez Rojas, una familia de descendientes de indios según hemos probado en varios documentos.

La segunda ya la tengo entre manos. Hace poco estuve en los Archivos de España y traje más de 15 mil fichas que deben conformar varios libros, donde pretendo dar informaciones históricas de primera mano que aclaran asuntos importantes que hemos copiado de otros historiadores, y no son exactas.

Hasta ahora, por ejemplo, creíamos que el escudo de Baracoa lo había autorizado la reina Maria Cristina de Habsburgo y Lorena, cuando en realidad ella asciende al trono en 1859 y el escudo fue dado en 1838, en tiempos de la monarca Maria Cristina de Borbon.  

Mucho por escribir, aunque ya tienes varios libros…

Hasta ahora, seis: Los viajes de Colón en Baracoa, Los franceses en Baracoa, Baracoa Ciudad Primada, Baracoa un paraíso cubano, Baracoa la cuna del cacao, y tengo cuatro capítulos de Alejandro de Humboldt. Todos los he escrito con sus protagonistas, con los especialistas, con los actores de las historias.

Has merecido, además, muchos premios en tu vida.

Tengo una veintena de premios, reconocimientos, órdenes, por la Cultura, el Emilio Bacardí de la Unión de Historiadores, La Fama de Guantánamo, dos reyes me condecoraron, el de Bélgica, como Oficial de la Corona, y con cuyo país estuvo muy relacionado el proceso de autentificación de la Cruz de la Parra, uno de los grandes logros para la ciudad.

También, el rey Juan Carlos de España me distinguió con la orden de Comendador, por mis aportes a la historia entre los dos países, la hispanidad. Pero mi premio es Baracoa, y si he ganado tantas cosas ha sido porque existe Baracoa.

¿Y el Yunque?

De tantos premios, el Yunque fue muy especial, porque fue el reconocimiento de mi pueblo y de las autoridades, que consideraron que yo merecía, junto a mi hermano Urbano Rodríguez, en los 500 años de la Villa. Me hinchó el corazón, porque es el nuestro.

Tanta pasión por Baracoa… ¿Qué dejas para tu familia?

Yo soy muy organizado, por eso he escrito tantos libros en poco tiempo y la gente se asombra porque dice que no tengo tiempo ni para reírme. Siempre dejo un espacio para mi casa, mi familia formada por mi esposa Emilia Pérez, mi hijo Alejandro, su esposa, y dos nietos bellísimos, a los cuales me dedico cada vez que puedo.

Tengo que decirlo, tengo una familia muy comprensiva. Ellos se han adaptado a mi tempo. En mi casa, mi hijo tiene la administración en sus manos, y la otra administradora general es mi mujer. A mí me orientan. Pelean a veces, y sé que tengo que dedicarles más espacio, pero hay una tremenda comprensión.

Hartman, ya tienes 70 años, ¿piensas jubilarte?

No, no, no, qué va. Esa palabra no existe. Hay una anécdota muy curiosa. Un día voy caminando por la calle, y me llama una muchacha porque estaban diciendo mentiras sobre mí en la radio, decían que tenía 70 años. Y yo le dije -pues sí, los tengo, y le enseñé mi carné. Ella no lo podía creer.

La verdad es que no los aparento y me siento muy bien. Estoy lleno de energía, de fuerza.

¿Cuál es tu rutina?

Duermo poco. Necesito solo cinco o seis horas para un completo descanso. Me acuesto casi siempre a la medianoche, y me levanto a las seis hasta los domingos, que es mi día de descanso. Vengo para el museo, porque es mi otra familia.

Camino, o por lo menos caminaba mucho antes de los problemas con mis rodillas, que son genéticos y me forzaron a operarme. De todas maneras, si todo sale bien, en un año podré volver a mis andanzas, aunque no tanto tiempo como antes.

No puede faltarme la lectura. Todos los días leo entre 40 y 50 páginas. Leo política, economía, me encanta la economía. Estoy actualizado de todos los conflictos de Cuba, de América y del mundo, uno como historiador no puede estar aislado, no es posible hacer una historia local sin el contexto general.

Como historiador, como amante… ¿Qué crees que debe cuidarse ahora que se vaticina un incremento del turismo foráneo?

Hay que cuidar y fomentar las expresiones culturales de cada territorio, el sentido de pertenencia. La cultura es la gran muralla que tenemos ante los productos foráneos que aunque uno no quiera, se imponen.

Es inconcebible un Burger King, un Taco Bell…, en Cuba. Ahí yo pondría el grito en el cielo. Ellos tienen que venir a comer nuestras comidas, y bailar la música cubana, el changüí, ver el zoológico de piedras de Íñigo, disfrutar nuestras riquezas.

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