padre e hijo

“No, pipo, no, claro que quiero, pero mi salario no alcanza para comprarte eso, por favor, entiende”, le decía un hombre con apariencia humilde a un adolescente, quien seguramente era su hijo.

El muchacho, en respuesta, salió como disparado de la tienda. Su padre se quedó de pie, cual estatua, y luego se sentó en una silla, situada en el lugar para que los clientes se prueben los zapatos con mayor comodidad.

Se quitó la gorra, ya desgastada por el paso del tiempo, la apretó fuerte y la puso sobre uno de sus muslos. Miró a un joven que lo observaba desde cerca, y con algo de pena se quitó algunas lágrimas, se paró y desapareció en el otro lado de la puerta.

Hace varios años que observé aquel suceso, el cual vive con fuerza en mi mente y me enseñó mucho. Recuerdo que le agregué toda la ficción posible e imaginé la vida de los dos protagonistas para conformar una historia. Siempre me he preguntado qué tanto se parecerá esa narración a la realidad de ellos, pero eso no constituye lo más significativo.

Recientemente fui público de otra escena similar, la cual comenté con una compañera de trabajo. Ella, una mujer muy sensible, asegura que ha observado con dolor como algunos niños y “grandecitos” se molestan y hasta lloran cuando sus progenitores no pueden adquirir lo deseado por ellos, incluidos zapatos de marca Nike, Adidas… y otros productos con precios excesivos.

Es comprensible que algunos infantes den “pataditas”, lloren y hasta se nieguen a caminar cuando quieren algo. Escenas de ese tipo son muy frecuentes en tiendas y otros sitios. A veces, los adolescentes y hasta jóvenes también actúan de esa forma, sin percatarse del daño ocasionado a sus padres, quienes sufren tanto como ellos las imposibilidades.

En ocasiones, por inmadurez, comparaciones propias con amigos y otras razones, se molestan, gesticulan y ofenden antes de salir a gran velocidad de sus casas; horas después, regresan, se bañan, comen, se encierran en el cuarto o se marchan otra vez.

La situación es muy compleja. Ojalá los salarios alcancen siempre para adquirir lo deseado. Con frecuencia, los objetos “inalcanzables” no son simples lujos, sino necesidades, como una prenda o una mochila para ir a la escuela. Como me dice una amiga, es natural que los hijos quieran algo material y los progenitores deseen dárselo, aunque sea por capricho.

Tampoco debe ser motivo de reproche que uno se sienta atraído por un pullóver o unos zapatos costosos o que una joven quiera unas uñas acrílicas o un jeans caro. Ojalá siempre puedan comprarlos, conscientes de que lo espiritual es lo más importante.

Y verdad que algunas situaciones duelen, como la narrada por un joven, convertido en un buen profesional, quien un viernes, en su etapa en la universidad, hacía señas en la carretera, junto a otros estudiantes, para montar en un carro e ir a su vivienda, ubicada en otro municipio.

Expresa que paró uno para llevarlos a todos, pero cobraba demasiado, por eso inventó una excusa y regresó al centro escolar, mientras los demás alumnos iban al encuentro de sus familiares.

“Me sentía tan mal que cuando llegué al cuarto lloré durante algunos minutos, pero luego busqué los libros y estudié hasta la madrugada”, asegura el muchacho, a quien admiro muchísimo por su calidad humana y como trabajador.

Con el paso del tiempo y las experiencias individuales, uno aprende y valora más los esfuerzos de la madre y el padre, quienes muchas veces son especialistas en economía o “magos” para lograr que sus salarios alcancen para la comida, la ropa, necesidades de la casa, dar dinero al hijo becado...

Cuando uno asume responsabilidades similares, se pregunta cómo ellos pudieron. Ojalá cada quien comprenda eso desde mucho antes y ayude más, consciente de que los padres siempre desean lo mejor para nosotros, por eso solemos ser el uno en todas sus prioridades.

No está mal desear lo material (muy necesario) y querer mejorar en todos los aspectos, lo cual debemos realizar siempre con apego a la ética y cultivando también la sensibilidad, en una sociedad que aspira al progreso constante, con el trabajo e inteligencia conjunta.

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