miguel-y-su-miguelitoMiguel y su adorado hijo Miguelito, después de 6 años de la arriesgada operación. Foto: Leonel Escalona Furones

Miguel Digurnay Romero, hoy, se ríe de las peripecias y travesuras de Miguelito, su hijo. Al infante no le gusta retratarse, pero le encantan los deportes y no olvida que este domingo es el Día de los Padres y justamente cumplen seis años del memorable día en que Papa le dio la vida por segunda vez: le donó parte de su hígado.

Miguel Isaac Digurnay Bermellón, es un niño como todos los de su edad, juega y corre, pero llegó al mundo con una marca negativa, que comprometía su existencia: obstrucción de sus vías biliares.

Yaima Bermellón, su madre, aunque embarazada de riesgo por tiroidismo, tuvo un parto normal, pero al tercer día de nacido la salud del niño comenzó a resquebrarse. Se realizaron estudios clínicos y de laboratorios y la conducta médica apuntó hacia la atresia biliar para resolver la obstrucción de vías biliares, procedimiento quirúrgico que implicaba servicios médicos especializados en La Habana y se le practicó con solo 29 días de nacido.

“Entonces supimos que el niño tenía una enfermedad hepática progresiva por la cual la mayoría de los pacientes, tras ser intervenidos quirúrgicamente requerían ser trasplantados, procedimiento que hasta 2009 no se realizaba en Cuba con donantes vivos”, explica el contento y agradecido padre.

Se sucedieron los viajes gratuitos en avión a la capital del país para asistir a las consultas hasta que Miguelito cumplió 14 meses y gracias a las bondades de la Revolución volamos a España, donde se realizaría la riesgosa intervención quirúrgica al costo de 300 mil euros. El Estado cubano, como es su práctica humanitaria asumió todos los gastos.

Miguel sonríe ahora, pero entonces –recuerda- “abrí los ojos bien grande cuando escuche esa cifra”, aunque tenía la seguridad de que por dinero, mi niño no moriría. Somos pobres, pero la Revolución es rica, riquísima, por el altruismo de sus líderes.

“Me hicieron exámenes rigurosos, mi grupo sanguíneo era compatible con el de Miguelito, estaba fuerte y saludable para la intervención de más de cinco horas. Conocía los riesgos y tenía miedo, pero mi hijo estaba entre la vida y la muerte, y yo era su única medicina, eso me dio el valor necesario.

“La operación fue un éxito (14 de julio de 2009), pero yo estaba lleno de incertidumbre y desesperaba por saber el estado de mi hijo hasta que los médicos comunicaron: ¡a salvo!”.

Miguelito cursa hoy el primer grado en el Seminternado 23 de Agosto, de la barriada de San Justo, es inquieto, nada lo detiene, ni el tratamiento que le suministran por la enfermedad y que le prohíbe exponerse al sol. No entiende bien por qué no puede ser boxeador, pero se conforma.

Le gusta el chocolate, y anuncia que cuando acabe de hablar con los periodistas comprará una paleta, para luego irse a jugar con sus primos. Baja la escalera corriendo, y se gana el regaño de papá, que lo cuida, protege y no lo pierde de vista. Para nada se siente diferente a los demás niños, aunque sabe de sus limitaciones respecto al sol.

El niño se aleja seguido de la mirada del padre hasta que alcanza el primer peldaño de la escalera. Entonces el papá orgulloso asegura: “se parece mucho a mí, claro, tiene un pedazo mío, soy su padre y estoy dispuesto a volverle a dar la vida si fuera necesario”.

Abajo, a los pies del edificio, el niño es quien ahora se despide con un anuncio: “el domingo le regalaré una postal a mi papá un gran beso y un fuerte abrazo, porque lo quiero mucho…hasta el hígado”.

Comentarios   

0 #1 OLGUITA 24-06-2015 15:21
Miguel , muchas felicidades por la recuperación de su niño. Esa historia solamente puede ser contada por un cubano. La generosidad de nuestro sistema político es incalculable, qué habría sido de usted si hubiese tenido que pagar esa cifra de dinero , pero una mano salvadora lo hizo por usted. Es bueno refrescar de vez en cuando las cosas q se hacen en mi Cuba bella por la salud de un niño del lugar más inhóspito que sea. Una vez más FELICIDADES.
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