maestra en Gtmo 2Ruth inscribió su nombre entre los miles de jóvenes cubanos que participaron en la campaña de alfabetización en 1961. Fotos: Leonel Escalona Furones

A sus 85 años Ruth Estibia Vargas Hernández todavía recuerda la primera cartilla de estudio. Mientras su tía planchaba -ella con cinco años- se le sentaba al lado, en un banquito de madera, y le recitaba de memoria una y otra vez el abecedario.

 

A esta pequeña le apresuraba aprender a leer y a escribir, “porque ya quería ser maestra”, aunque en su familia no había tradición de magisterio. “Mi madre, a pesar de no tener ningún grado de escolaridad, fue muy inteligente y supo educarme correctamente para ser una persona de bien en el futuro.

 

“Gracias al apoyo de mis primos pudimos subsistir. Ellos, para la década del 40, tenían farmacias y otros negocios y me costearon los estudios y ayudaron a mi madre económicamente para que pudiera criar a sus cuatro hijos”, rememora agradecida del sacrificio de su familia.

 

Después de graduada

 

Oriunda de Las Tunas, Vargas Hernández se graduó en 1952 de maestra hogarista, bajo la máxima “Mujer sé sol de tu casa y lumbrera del mundo”, de José de La Luz y Caballero.

 

“Siempre me inspiró esa frase, por eso daba lo mejor de mí para todos”, comenta despacio y con apacible tono.

 

“Cuando concluías los estudios, aunque tuvieras buena posición en el escalafón, te quedabas sin aulas para ejercer. Eso porque los dirigentes de Educación eran unos corruptos y vendían las plazas al mejor postor.

 

“Entonces los de menos posibilidades económicas teníamos que ir a la Junta de Educación a ver si había algún maestro de certificado para sustituirlo. Si conseguías el puesto el día del cobro debías entregar la mitad del salario al maestro que sustituías”, evoca con serio semblante.

 

Finalmente Ruth consiguió ubicación en una escuela privada, donde impartió clase multigrado. Allí estuvo poco tiempo, pues decidió abrir sus propias aulas.

 

“Comencé en la finca de una prima, su esposo construyó un rancho con bancos y mesas improvisadas para darles clases a los niños de la zona, pues por todo aquello no había escuelas”, describe.

 

“A poco tiempo de esa iniciativa mi mamá me consiguió trabajo en el sistema de aulas de la iglesia en Santiago de Cuba. Con 18 años nunca había viajado sola, pero no lo dudé y partí hacia allá, solo pensaba en ejercer mi carrera y en ayudar a mi madre”, refiere mientras comenta que fueron muchos los lugares en los que laboró.

 

En uno de sus viajes –confiesa Vargas Hernández- conoció al que sería el padre de sus tres hijos. “Mi esposo era vendedor de libros, y en una ocasión lo envían a comercializar a Baracoay en su paso por Guantánamo le gustó, y entonces decidimos venir a vivir para acá”, reseña esta tunera devenida guantanamera hace más de 50 años.

 

Estando en Guantánamo triunfa la Revolución y –dice- fue la primera en dar el paso al frente para ir a trabajar a Santa Fé de Arriba, en El Salvador. “Fueron momentos inolvidables, dejé a mis hijos con mi suegra y mi esposo y fui para las montañas a alfabetizar.

 

Más de sus vivencias

 

“Mis compañeras y yo llegamos de noche a El Salvador con solo dos uniformes verde olivo, dos pares de medias, botas y un catre, con eso era lo único que contábamos, aparte de la inmensa voluntad que caracterizaba a las maestras rebeldes, quienes pertenecíamos al Departamento de Asistencia Técnica, Material y Cultural al Campesinado”, relata emocionada.

 

De noche, recién llegada, –cuenta Vargas Hernández-, le entregaron la bandera cubana con la encomienda de construir la escuela, además de buscar ellas mismas a los niños que iban a educar.

 

“Con la ayuda de los lugareños montamos las aulas donde le impartimos clases a más de 30 alumnos. Fue una etapa dura, a veces las tres maestras nos sentábamos en el jardín de la escuela, a llorar por la distancia de nuestros hijos y familiares, pues desde allí lo único que veíamos eran las luces de Guantánamo, al que íbamos cada 15 días. Mientras tanto hacíamos de todo en el campamento.

 

“Por la mañana impartíamos clases, por la tarde enseñábamos corte y costura a las mujeres, y por la noche alfabetizábamos a los campesinos con mechones improvisados. Allí fui peluquera, barbera, constructora, enfermera… No había descanso”, cuenta y agrega que vivió nueve meses en esas condiciones sin cobrar un centavo, y con el peligro cerca por las provocaciones de algunos contrarrevolucionarios que vivían por esa zona.

 

Cuando Ruth termina la campaña de alfabetización le dan la posibilidad de ir para Guantánamo, pero decide quedarse en El Salvador para tratar de aliviar la subescolarización que existía allí.

 

Después se especializó en la enseñanza preescolar y la envían a trabajar a Caimanera, tras lo cual rotó por otros lugares hasta que finalmente la ubican en la urbe cabecera, en 1965.

 

“Me ubicaron en la escuela Pepito Tey (Ramón Pintó y 7 Oeste). Allí, tenía muchos alumnos y ningún mueble para sentarlos. Entonces se me ocurrió la idea de forrar latas y piedras con papel crepé adornado de lazos para que mis pequeños se sintieran un poco más cómodos.

 

Aunque tenía buena afinidad con estos niños –asegura- le jugaron bromas, “Un día llegué temprano al aula y estaba la auxiliar de limpieza que no se movía ni hablaba, solo señalaba hacia mi mesa. En cada buró los pequeños nos habían dejado desde un cráneo de muerto hasta un hueso, corona o cruz.

 

“La escuela colindaba con el cementerio y un día de abundante lluvia salió todo aquello por una pared rota y los niños aprovecharon para hacer la maldad”, recuerda entre risas una de sus incontables historias quien posteriormente fue metodóloga-inspectora provincial de Educación Preescolar por más de 25 años hasta su jubilación.

maestra en Gtmo 3“La inteligencia y la creatividad no se jubilan, ellas dan vida a los años”, declaró la profesora al referirse a la cátedra del adulto mayor. Fotos: Leonel Escalona Furones

Ejemplo de persona y maestra

 

Los educadores deben tener presente la importancia del preescolar, “este grado influye en la formación de la personalidad del individuo, por eso hay que saber dirigir y enseñar con la metodología adecuada para sentar bien las bases de esa futura persona”, explica la pedagoga, quien donó más de 30 años de su vida a esa enseñanza.

 

Vargas Hernández asegura estar satisfecha con su vida laboral y que tras su jubilación, hace 22 años, nunca se ha quedado quieta en casa. “Me dediqué junto a los trabajadores de Educación a reorganizar a los jubilados para que participaran en actividades y proyectos de forma tal que siguieran aportando sus experiencias y sabidurías a los más jóvenes”, precisa.

 

“Hace 16 años contamos con la Universidad del Adulto Mayor, otro de los logros de los jubilados que demuestra que siempre se aprende sin importar la edad. La inteligencia y la creatividad no se jubilan, pues ellas dan vida a los años”, agregó una de las dos galardonas en la provincia con el Premio Gloria Guerra Mechero, que le otorgó la Asociación de Pedagogos de Cuba, por su incondicional consagración a la educación guantanamera.

 

Su activo y destacado recorrido por los caminos del magisterio, la han hecho merecedora de más de 80 reconocimientos (medallas, sellos y condecoraciones), entre los que figura el Premio Nacional La Estrella Martiana, instituido por el Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Educación, la Ciencia y el Deporte, para reconocer a los educadores con méritos relevantes.

 

“Ser maestro es ser paradigma, cada generación se parece a su época y aunque la mía fue diferente a la que vivimos ahora, los valores siguen siendo los mismos.

 

“Los maestros deben ser patriotas, humanos; personas intachables y ejemplos para las nuevas generaciones, serán los creadores del hombre del futuro que necesita la sociedad”, concluyó mientras ojeaba un álbum de fotos donde guarda con celo todos sus recuerdos.

 

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