cazadora lluviaDesde hace cuatro años, Yumilay incluye en su rutina diaria la lectura del pluviómetro. Fotos: Lorenzo Crespo Silveira

Vega Grande está más lejos que el sitio donde vive el diablo que dio las tres voces. Es el primer caserío del Consejo Popular de La Caridad de Los Indios, a su vez el más alejado del municipio de Manuel Tames, en Guantánamo, y allí hay un pluviómetro.

A unos pocos metros, cruzando un quicio para acortar camino, vive Yumilay Merencio Ruiz: morena, delgada, treinta y siete años, promotora cultural y operadora voluntaria de ese equipo, el número 715-Vega Grande, ubicado a 200 metros sobre el nivel del mar.

Antes, cuenta, la recogida de los niveles de lluvia era responsabilidad de su mamá, Melba Ruiz Zamora, que compartía su trabajo en la granja, en cuyo patio está ubicado el instrumento de medición, con la lectura de la lluvia cada día.

“Hace cuatro años, ella se mudó, yo vine para acá y me quedé con el pluviómetro. Fue una transición natural, ella me lo propuso, me explicó cómo se hacían las lecturas, las horas, qué hacer si se llenaba la probeta, llenar el registro del Servicio Hidrológico Nacional…, y acá estoy”.

Estar, de hecho, es lo más importante. Para el observador del tiempo la permanencia implica la perseverancia en los registros, y que estos sean confiables. “Truene o relampaguee yo me levanto todos los días temprano, hago mis cosas y sobre las ocho de la mañana ya estoy revisando el pluviómetro y anotando en la libreta”.

Se anota todo. “Si llueve, introducimos una regla en la probeta para saber cuántos milímetros cayeron, y si no, se marca la ausencia de las precipitaciones. El año pasado, por ejemplo, fue seco –dice consultando la pequeña libreta blanca donde se registra el periodo 2015-2016-, con seis meses sin una gota de agua”.

En el corriente solo dejó de llover en febrero y marzo… “mayo, por suerte, ha traído más agua y de hecho, es el mes de mayores registros. Nueve días de lluvia, la más significativa de casi 59 milímetros, y todavía no se acaba”, aseguró, cuando restaba una semana para junio.

La información, que anota a lápiz, la recoge una vez al mes un trabajador de la Empresa de Aprovechamiento Hidráulico empleado en la estación de aforo de Palenquito, a unos pocos kilómetros más arriba, cruzando el río Yateras.

¿Y todo es voluntario? “Voluntario, aunque la empresa nos atiende, nos asignan ropa cada año como si fuéramos un trabajador más, nos invitan a las actividades…, aunque yo nunca voy, está demasiado lejos”.

La sapiencia de la importancia de su trabajo la hace “halar” paraguas o nailon en los días de temporal para registrar la lluvia, e involucrar a toda la familia en el proceso. “Aquí, todos saben manejar el pluviómetro, desde mi esposo, hasta mis dos hijos mayores”.

Pero eso, me aclara, “es solo por si acaso, no pienso irme a ninguna parte”.

cazadora lluvia2En el registro que guarda los valores del periodo 2015-2016, deja su huella la sequía que afecta a la provincia hace casi dos años. Fotos: Lorenzo Crespo Silveira

Una red con historia

En el Departamento de Hidrología de la Empresa de Aprovechamiento Hidraúlico, los registros se llevan con lujo y detalles. En las computadoras, se recopilan estadísticas desde la década del veinte del siglo pasado y, en un archivo de varias estanterías, se guardan en papel los datos originales.

Cada uno de los 175 equipos que conforman hoy la red pluviométrica provincial tiene su historia allí, desde los primeros de los que se tiene noticias, instalados por la United Sugar Company en el año 1928 hasta los últimos, ubicados hace poco más de un lustro por la empresa.

La mayor parte de los instrumentos está operada por observadores voluntarios, lo que garantiza la extensión de las muestras al tiempo que racionaliza los gastos. Solo 73 pluviómetros, asegura el especialista, se ubican en instituciones, incluidas las del sistema de Recursos Hidráulicos.  

Los instalados son de tecnología estándar: no más que una probeta de latón con capacidad para 50,8 milímetros y un tanque del mismo material capaz de recolectar unos 5 mil milímetros de lluvia, fabricados en los talleres de la empresa de Aprovechamiento Hidráulico de Camagüey y ubicados al aire libre, levantados del piso a la altura del pecho por varillas de metal rústico.

Mientras, en la empresa, en una tabla de Excel cada equipo de campo es identificado y caracterizado, con la fecha de instalación, el operador, las coordenadas exactas en las que está ubicado y la altura, a partir del nivel del mar. En otra, se recogen los registros de las precipitaciones por meses y años.

El de Vega Grande, detalla Eugenio Martínez Mayor, especialista en hidrología, “data de 1954 aunque los registros guardados inician un par de años después, y la observadora es prácticamente nueva”, confirma mientras desanda líneas y líneas de números.

Algunos observadores llevan más de 30 años en sus puestos, y no es difícil que las personas de una familia se “pasen” la responsabilidad generación tras generación, como en Macambo, en el municipio de San Antonio del Sur.

“Tenemos estaciones desde el año 1928 que los norteamericanos ubicaron en los cañaverales de sitios como Egipto y Costa Rica, ambos en El Salvador, para registrar el régimen de lluvias que luego, al Triunfo de la Revolución se rescataron, usaron y ampliaron. El equipo más reciente fue montado en 2010”, reconoce.

Las mediciones, precisa el especialista, se hacen cada día a las ocho de la mañana con una regla de madera. Un método sencillo pero eficaz que sustenta la información que cada mes se recolecta y se envía al Servicio Hidrológico Nacional del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos.

“Cada inversión hidráulica, plan de desarrollo agrícola…, requiere el estudio del régimen de lluvia, y esa es la importancia de esta red, que es muy completa –la más amplia de Cuba, por delante incluso de la del Instituto de Meteorología-, y representativa”.

Para quien sepa leer, las estadísticas guardan lo extraordinario. Cada evento meteorológico que afectó la vida de los guantanameros está registrado, las grandes sequías y los más cruentos ciclones, desde el Huracán Flora hasta las sequía de los años 80. 

La red pluviométrica local tiene además, entre sus estaciones, los sitios más lluviosos y secos del país.

cazadora lluvia3Eugenio, especialista en hidrología, asegura que la densidad pluviométrica existente en Guantánamo es suficiente para una lectura confiable del régimen de lluvia. Fotos: Lorenzo Crespo Silveira

Los mayores volúmenes de lluvia de Cuba caen en Baracoa, alrededor de las zonas de Viento Frío, Quiviján y El Aguacate. Este último pluviómetro, existente desde 1966, registró 5 mil 57 milímetros de precipitaciones en el año 1996.

Mientras, la estación de Macambo, en San Antonio del Sur, en medio de la franja conocida como el semidesierto cubano, en sus 54 años de existencia marcó el mínimo de 79,2 milímetros en el 1967.

Pero no son los récords lo importante, sino el comportamiento diario, el estudio de cada mes, a lo largo de los años, de ahí la importancia de los observadores: ellos son quienes escriben esta historia.

 

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